Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.177
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¿Pasará fuera muchos días?
-Muchos, no... Pero suele irse a los pantanos desde que empezó la temporada de caza, y tú podrías estar conmigo una hora o dos cuando esté ausente. Anda, promé temelo. Procuraré no ser molesto para contigo. Tú no me ofenderás y no te disgustará atenderme, ¿verdad?
-No -afirmó la joven, acariciándole la cabeza-. Si papá me lo permitiera, pasaría la mitad del tiempo contigo. ¡Qué guapo eres! Me gustaría que fueras mi hermano.
-¿Me querrías entonces tanto como a tu padre? -dijo él, más animado-. El mío me dice que si fueras mi esposa me amarías más que a nadie en el mundo, y por eso quisiera que estuviésemos casados.
-Más que a mi padre, no es posible -aseguró ella gravemente-. A veces los hombres odian a sus mujeres, pero nunca a sus padres y hermanos. Así que si fueras mi hermano vivirias siempre con nosotros y papá te querría tanto como a mí misma.
Linton negó que los esposos odien a sus mujeres, pero ella insistió en que sí, y como prueba citó la
antipatía que el padre de Linton había mostrado hacia la tía Isabel. Yo intenté cambiar de conversación, mas antes de conseguirlo, Catalina ya había soltado todo lo que sabía al respecto. Linton, enfadado, aseguró que aquello no era cierto.
-Mi padre me lo contó, y él no miente -contestó ella. -
-Mi padre desprecia al tuyo y asegura que es un imbécil -replicó Linton.
-El tuyo es un malvado -aseveró Cati-. No sé cómo eres capaz de repetir sus palabras. ¡Muy malo debe de haber sido cuando obligó a tía Isabel a abandonarle!
-¡No me contradigas, Cati! Ella no le abandonó.
-¡Sí le abandonó! -insistió la joven. .
-Pues mira -dijo Linton-. Tu madre no amaba a tu padre, ¿sabes?
-¡Oh! -exclamó Cati furiosa.
-¡Y amaba a mi padre!
-¡Embustero! ¡Te odio! -gritó ella encolerizada.
-¡Le amaba! -repitió Linton, arrellanándose en su sillón, malignamente complacido de la agitación de su prima.
-Cállese, señorito -intervine-. ¡Eso es un cuento de su padre!
-No es un cuento -replicó él-. Sí, Cati, le amaba, le amaba, le amaba...
Cati, fuera de sí, dio un violento empellón a la silla, y él cayó sobre su propio brazo. Le acometió un acceso de tos, que duró tanto que me asustó a mí misma.
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