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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.175

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En cuanto ella creyó que yo estaba entregada a la lectura empezó a llorar. La dejé que se desahogara un poco, y luego le re proché el que creyese en las afirmaciones de Heathcliff. Pero tuve la desventura de no lograr convencerla, ni contrarrestar en nada las palabras de aquel hombre.
-Acaso tengas razón, Elena --dijo la joven-, pero no me sentiré tranquila hasta cerciorarme de ello. Es ne­cesario que haga saber a Linton que si no le escribo no es por culpa mía, y que no han cambiado mis sentimientos hacia él.
Habría sido inútil insistir. Aquella noche nos separamos incomodadas, pero al otro día ambas caminábamos hacia las «Cumbres». Yo me había determinado a ceder, con la remota esperanza de que el propio Linton nos manifestaría que aquella estúpida historia carecía de fundamento.

CAPÍTULO XXIII
A la noche lluviosa siguio una mañana de niebla, con escarcha y una ligera llovizna. Arroyos impro­visados descendían de las colinas, dificultando nuestro camino. Yo, mo)ada y furiosa, estaba muy a punto de sacar partido de cualquier circunstancia que favoreciese mi opinión. En tramos por la cocina, a fin de asegurarnos que era verdad que el señor Heathcliff estaba ausente, pues yo no creía nada de cuanto decía.
José se hallaba sentado. A su lado crepitaba el fuego, sobre la mesa a que estaba instalado había un
enorme vaso de cerveza rodeado de gruesas rebanadas de torta de avena, y en la boca tenla su negra pipa. Cati se acercó a la lumbre para calentarse. Cuando pregunté al viejo si estaba el amo, tardó tanto en responderme, que tuve que repetírselo, temiendo que se hubiera quedado sordo.
-¡No está! -rezongó-. Así que te puedes volver por donde has venido.
-¡José! -gritó una voz desde dentro-. Llevo un siglo llamándote. Vamos, ven, no queda fuego.
José se limitó a aspirar mas vigorosamente el humo de su pipa y a contemplar insistentemente la lumbre.
La criada y Hareton no aparecían por parte alguna.
Como reconocimos en el que llamaba la voz de Linton, entramos en su habitación.
-¡Así te mueras abandonado en un desván! -prorrump ió el muchacho creyendo, al sentir que nos acercá­bamos, que nuestros pasos eran los de José.
Y al ver que se había confundido, se turbó. Cati corrió hacia él.
-¿Eres tú, Cati? -dijo él, levantando la cabeza del respaldo del sillón en que estaba sentado-.


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