Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.175
Indice General
|
Volver
Página 175 de 249
En cuanto ella creyó que yo estaba entregada a la lectura empezó a llorar. La dejé que se desahogara un poco, y luego le re proché el que creyese en las afirmaciones de Heathcliff. Pero tuve la desventura de no lograr convencerla, ni contrarrestar en nada las palabras de aquel hombre.
-Acaso tengas razón, Elena --dijo la joven-, pero no me sentiré tranquila hasta cerciorarme de ello. Es necesario que haga saber a Linton que si no le escribo no es por culpa mía, y que no han cambiado mis sentimientos hacia él.
Habría sido inútil insistir. Aquella noche nos separamos incomodadas, pero al otro día ambas caminábamos hacia las «Cumbres». Yo me había determinado a ceder, con la remota esperanza de que el propio Linton nos manifestaría que aquella estúpida historia carecía de fundamento.
CAPÍTULO XXIII
A la noche lluviosa siguio una mañana de niebla, con escarcha y una ligera llovizna. Arroyos improvisados descendían de las colinas, dificultando nuestro camino. Yo, mo)ada y furiosa, estaba muy a punto de sacar partido de cualquier circunstancia que favoreciese mi opinión. En tramos por la cocina, a fin de asegurarnos que era verdad que el señor Heathcliff estaba ausente, pues yo no creía nada de cuanto decía.
José se hallaba sentado. A su lado crepitaba el fuego, sobre la mesa a que estaba instalado había un
enorme vaso de cerveza rodeado de gruesas rebanadas de torta de avena, y en la boca tenla su negra pipa. Cati se acercó a la lumbre para calentarse. Cuando pregunté al viejo si estaba el amo, tardó tanto en responderme, que tuve que repetírselo, temiendo que se hubiera quedado sordo.
-¡No está! -rezongó-. Así que te puedes volver por donde has venido.
-¡José! -gritó una voz desde dentro-. Llevo un siglo llamándote. Vamos, ven, no queda fuego.
José se limitó a aspirar mas vigorosamente el humo de su pipa y a contemplar insistentemente la lumbre.
La criada y Hareton no aparecían por parte alguna.
Como reconocimos en el que llamaba la voz de Linton, entramos en su habitación.
-¡Así te mueras abandonado en un desván! -prorrump ió el muchacho creyendo, al sentir que nos acercábamos, que nuestros pasos eran los de José.
Y al ver que se había confundido, se turbó. Cati corrió hacia él.
-¿Eres tú, Cati? -dijo él, levantando la cabeza del respaldo del sillón en que estaba sentado-.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-249
|