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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.174

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Mi querida Elena, ya sa-bes que te estimo, pero no puedo con tus chismorreos. ¿Cómo te atreves a engañar a esta pobre niña diciendo que la aborrezco e inventando cuentos de miedo para que tome horror a mi casa? Vaya, Catalina Linton, aproveche el que toda esta semana estaré fuera de casa y vaya a ver si he mentido o no. Póngase en el lugar de él, y piense lo que sentiría si su indiferente enamorada rehusara consolarle por no darse un pequeño paseo. No cometa ese error. ¡Le juro que va derecho a la tumba, y que sólo puede usted salvarle! ¡Se lo aseguro por mi salvación!
La cerradura saltó, y yo salí.
-Te juro que Linton está muriéndose -dijo Heathcliff mirándome con dureza-. Y el dolor y la decepción están apresurando su muerte, Elena. Si no quieres dejar ir a la muchacha, vete tú y lo verás. Yo no vuelvo hasta la semana que viene. Ni siquiera tu amo se opondrá a lo que digo.
-¡Entre! -dije a Cati, cogiéndola por un brazo. Ella le miraba conturbadísima, incapaz de discernir la falsedad de su interlocutor a través de la severidad de sus facciones.
Él se acercó a ella, y dijo:
-Si he de ser sincero, señorita Catalina, yo cuido muy mal a Linton, y José y Hareton peor aún. No tene­
mos paciencia... Él está ansioso de ternura y cariño y las dulces palabras de usted serian su mejor medicina.No haga caso de los consejos de la señora Dean. Sea generosa y procure verle. Él se pasa el día y la noche soñando con usted y creyendo que le odia puesto que se niega a visitarle.
Yo cerré la puerta, apoyé una gruesa piedra contra ella, abrí mi paraguas, pues comenzaba a llover, y cubrí con él a la señorita. Volvimos tan deprisa a casa que no tuvimos ni tiempo de hablar de Heathcliff. Pero adiviné que el alma de Cati quedaba ensombrecida. En su triste semblante se notaba que había creído cuanto él había dicho.
Cuando llegamos, el señor se había retirado a descansar. Cati entró en su habitación y vio que dormía profundamente. Entonces volvió y me pidió que le acompañara a la biblioteca. Tomamos juntas el té, luego ella se sentó en la alfombra y me rogó que no le hablase, porque se sentía extenuada. Cogí un libro y fingí leerlo.


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