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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.171

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Pero no quiso, y tuve que acompañarla hasta el fondo del parque, paseo casi maquínal que ella solía dar cuando se sentía de mal humor. Y esto sucedía siempre que su padre se encontraba peor que lo corriente, aunque nunca nos lo confesaba. Pero nosotras lo notábamos en su aspecto. Ella an daba sin alegría y no retozaba como antiguamente. A veces se pasaba la mano por la mejilla, como si se limpiase algo. Yo buscaba a mi alrededor alguna cosa que la distrajera. A un lado del camino erguíase una pendiente donde crecían avellanos y robles cuyas raíces salían de tierra. Como el suelo no podía resistir su peso más que a duras penas, algunos se habían inclinado de tal modo por efecto del viento, que estaban en posición casi horizontal. Cuando Cati era más niña, solía subirse a aquellos troncos, se sentaba en las ramas, y se columpiaba en ellas a más de veinte pies por encima del suelo. Yo la reprendía siempre que la veía así, pero sin resolverme a hacerla bajar. Y allí permanecía largas horas, mecida por la brisa, cantando antiguas canciones que yo le había enseñado y distrayéndose en ver cómo los pájaros
anidados en las mismas ramas alimentaban a sus polluelos y les incitaban a volar. Y así, la muchacha se sentía feliz.
-Mire, señorita -dije-, debajo de las raíces de ese árbol hay aún una campanilla azul. Es la última que queda de tantas como había en julio, cuando las praderas estaban cubiertas de ellas como de una nube de color vio láceo. ¿Quiere usted cogerla para mostrársela a su papá?
Cati miró mucho rato la solitaria flor y después repuso:
-No, no quiero arrancaría. Parece que está triste, ¿verdad, Elena?
-Sí -repuse-. Tan triste como usted. Tiene usted pálidas las mejillas. Déme la mano y echemos a correr. ¡Pero qué despacio anda, señorita! Casi marcho más deprisa yo.
Ella continuó andando lentamente. A veces se paraba a contemplar el césped, o algún hongo que se destacaba, amarillento, entre la hierba. Y en ocasiones se pasaba la mano por el rostro.
-¡Oh, querida Catalina! ¿Está usted llorando? -dije acercándome a ella y poniéndole la mano en un hom-bro-. No se disguste usted, señorita. Su papá está ya mucho mejor de su resfriado. Debe agradecer a Dios que no sea una enfermedad peor.
-Ya verás como será algo peor -contestó-.


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