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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.170

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-Ni nada, señorita. Si no me lo promete, hablaré a su papa.
-Te lo prometo, Elena -me dijo-. Échalas al fuego...
Mas, al hacerlo, ello le resultó tan doloroso, que me rogó que guardase una o dos siquiera. Yo comencé a echarlas a la lumbre.
-¡Oh, cruel! Quiero siquiera una -dijo, metiendo la mano entre las llamas, y sacando un pliego medio chamuscado, no sin menoscabo de sus dedos.
-Entonces, también yo quiero algunas para enseñárselas a su papá -repliqué, envolviendo las demás en el pañuelo, y dirigiéndome a la puerta.
Arrojó al fuego los trozos medio quemados y me incitó a consumar el holocausto. Cuando estuvo terminado, removí las cenizas y las sepulté bajo una paletada de carbón. Se fue ofendidísima a su cuarto sin decir palabra. Bajé y dije al amo que la señorita estaba mejor, pero que era preferible que reposase un poco.
Cati no bajó a comer, ni reapareció hasta la hora del té. Estaba pálida y te nía los ojos hinchados, pero se mantenía serena. Cuando a la mañana siguiente llegó la carta acostumbrada la contesté con un trozo de papel en el que escribí: «Se suplica al señor Linton que no envíe más cartas a la señorita Cati, porque ella no las recibirá.» Y desde aquel momento el muchachito venía siempre con los bolsillos vacíos.

CAPÍTULO XXII
Acabó el verano y vino el otoño. Pasó el día de san Miguel y aún algunos de nuestros campos no estaban segados. El señor Linton solía ir a presenciar la siega con su hija. Un día permaneció en el campo hasta muy tarde, y como hacía frío y humedad, cogió un catarro que le tuvo recluido casi todo el invierno.
Cati estaba entristecida y sombría desde que su novela de amor había tenido aquel desenlace. Su padre dijo que le convenía leer menos y moverse más. Ya que él no podía acompañarla, determiné sustituirle yo en lo posible. Pero sólo podía destinar a ello dos horas o tres al día y, ademas, mi companía no le agradaba tanto como la de su padre.
Una tarde -era a principios de noviembre o fines de octubre y las hojas caídas tapizaban los caminos, mien tras el frío cielo azul se cubría de nubes que auguraban una fuerte lluvia rogué a mi señorita que renunciásemos por aquel día al paseo.


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