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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.169

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casa. Como llovía, Catalina no bajó aquel día al parque. Al terminar de estudiar, acudió a su cajón. Su padre estaba sentado a la mesa, leyendo. Yo estaba arreglando unos flecos descosidos de la cortina de la ventana.
Un pajaro que hubiese hallado su nido vacío no hubiera, con sus trinos y su agitación, manifestado más angustia que la de Cati al exclamar:
-¡Oh!
Y su cara, que un momento antes expresaba una perfecta felicidad, se alteró completamente. El señor
Linton levantó los ojos.
-¿Qué te pasa, hijita? ¿Te has lastimado?
Ella comprendió que su padre no era el descubridor del tesoro escondido.
-No -repuso-. Elena, ven arriba conmigo. Me en cuentro indispuesta.
La acompañé.
-Tú las has cogido, Elena -me dijo, cayendo arrodillada delante de mí -. Devuélvemelas y no lo digas a papá, y no volveré a hacerlo. ¿Se lo has dicho a papá, Elena?
-Ha ido usted muy lejos, señorita Cati -dije severa mente-. ¡Debía darle vergüenza! ¡Y vaya una hojarasca que lee usted en sus ratos de ocio! ¡Si parecen cuartillas destinadas a los periódicos! ¡Qué dirá el señor cuando se lo enseñe! No lo he hecho aún, pero no se figure que guardaré el secreto. Y el colmo es que ha debido usted ser la que empezó, porque a él creo que no se le hubiera ocurrido nunca.
-No es verdad -respondió Cati sollozando con desconsuelo-. No había pensado en amarle hasta que...
-¡Amarle! -exclamé, subrayando la palabra con tanto desdén como me fue posible-. Es como si yo amase al molinero que una vez al año viene a comprar el trigo. ¡Si no ha visto usted cuatro horas a Linton, sumando las dos veces! Ea, voy a llevar a su padre estas bobadas, y ya verernos lo que él opina de ese amor.
Ella dio un salto para coger su correspondencia, pero yo la mantuve levantada sobre mi cabeza. Me suplicó frenéticamente que la quemase o hiciera con ella lo que quisiera menos enseñarla a su padre. Como a mí todo aquello me parecía una puerilidad, y estaba más cerca de reírme que de reprochárselo, cedí, no sin preguntarle previamente:
-Si las quemo, ¿me promete usted no volver a mandar ni a recibir cartas, ni libros, ni rizos de cabello, ni anillos, ni juguetes?
-No nos enviamos juguetes -exclamó.


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