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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.167

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Y sólo agregó:
-Ya te diré más adelante, hija mía, por qué deseo que no vayas a su casa. Ahora o cúpate de tus cosas, y no pienses más en eso.
Cati dio un beso a su padre, y luego dedicó, como siempre, dos horas a sus lecciones. Dimos una vuelta por el parque y no hubo otra novedad. Pero a la noche, mientras yo la ayudaba a desnudarse, empezó a llorar.
-¿No le da vergüenza, niña? -la recriminé-. Si tuviera usted aflicciones de veras no lloraría por una contrariedad tan insignificante. Figurese que su padre y yo faltáramos y que usted se quedara sola en el mundo. ¿Qué sentiría usted entonces? Compare lo que sufriría en un caso así con esta pequeña contrariedad, y dará usted gracias a Dios, que le concede suficientes amigos lo bastante buenos para no tener que suspirar por otros.
-No lloro por mí, Elena -respondió-. Lloro por Linton, que me espera, y que tendrá mañana el desengaño de no verme ir.
-No se figure -repuse- que él piensa en usted tanto como usted en él. Ya tiene a Hareton para hacerle compañía. Nadie en el mundo lloraría por dejar de tratar a un primo al que ha visto dos veces en toda su vida. Linton comprenderá lo que ha pasado y no se acordará más de usted.
-Podía escribirle una nota explicándole por qué no voy y mandarle unos libros que le he prometido prestarle. ¿Por qué no hacerlo, Elena?
-No -respondí-, porque él entonces le contestarla a usted y sería el cuento de nunca acabar. Hay que
cortar las cosas de raíz, como lo ha mandado su papá.
-Pero una notita... -dijo suplicante.
-Nada de notitas tajé-. Acuéstese.
Me dirigió una mirada tal, que me abstuve de besarla después de desearle buenas noches. La tapé y salí muy disgustada. Pero, arrepintiéndome de mi dureza, volví para rectificar, y la encontré sentada a la mesa escribiendo con un lápiz una nota que escondió al verme entrar.
-Voy a apagar la bujía -dije-. Y si le escribe usted, no encontrará quién le lleve la carta.
Y apagué, recibiendo, al hacerlo, un golpe en la mano y varias violentas recriminaciones después de las cuales Cati se encerró con cerrojo en su cuarto. La carta, con todo, fue terminada y enviada por un lechero que ib a al pueblo.


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