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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.166

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-Papá -dijo Cati después de saludarle-, ¿a quién cree usted que vi ayer cuando salí de paseo? Ya noto que usted se estremece. Claro, como no obró bien... Escúcheme, y sabrá cómo he descubierto que usted y Elena me estaban engañando diciéndome que Linton vivía muy lejos, a la vez que afectaban complacerme cuando yo seguía hablando de él.
Narró lo sucedido. El señor no dijo nada hasta que ella terminó, y sólo de vez en cuando me miraba con expre sión de reproche. Al final le preguntó si conocía las razones por las que le había ocultado la proximidad de Linton.
-Porque usted no quiere al señor Heathcliff -contestó ella.
-¿De modo que piensas, Cati, que me preocupan más mis sentimientos que los tuyos? No es que yo no quiera al señor Heathcliff, sino que él no me quiere a mí. Además, es el hombre más diabólico que ha existido, y se goza en dañar y arruinar a los que odia aunque no le den motivos para ello. Yo sabía que no podías tratar a tu primo sin tratarle a él, y me constaba que él te odiaría por ser hija mía. Por eso y por tu propio bien procuré impedir que le vieses. Me proponía explicártelo cuando fueras mayor, y lamento no habértelo dicho antes.
-El señor Heathcliff se portó muy atentamente conmigo -insistió Cati- Me dijo que puedo ver a mi primo cuando quiera, y que es usted quien no le ha perdonado que él se casara con la tía Isabel. El tío está dispuesto a permitir que me trate con Linton, y usted no.
Entonces el amo le explicó, en breves frases, lo sucedido con Isabel y el procedimiento por el que las «Cumbres» habían pasado a manos de Heathcliff. No se extendió en muchos detalles, pero, por pocos que fueran, bastaban para ilustrar a Cati, dada la animosidad con que los expresó su padre, que seguía odiando a su enemigo, a quien consideraba como el causante de la muerte de la señora, sentimiento que no le abandonaba jamás. La señorita Cati, que era incapaz de hacer mal a nadie salvo pequeñas faltas de desobediencia, quedó asombrada al oír explicar el carácter de aquel hombre capaz de prolongar durante años enteros sus planes de venganza sin sentir remordimiento alguno. Tan afectada nos pareció, que el señor creyó superfluo seguir hablando más.


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