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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.163

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hombre, deja de cambiarte el calzado, llévala al jardín y enséñale tu caballo.
-¿No prefieres sentarte aquí? -preguntó él a Cati indicando en su tono la poca gana que tenía de moverse.
-No sé... -contestó ella, dirigiendo a la puerta una mirada que indicaba claramente que prefería hacer algo a sentarse.
Pero él se repantigó en su silla y se aproximó más al fuego. Heathcliff se fue a buscar a Hareton. Se notaba que el joven acababa de lavarse, en sus mejillas brillantes y su cabello mojado.
-Quiero hacerle una pregunta, tío ---dijo Catalina-. Este no es primo mío, ¿verdad?
-Sí -contestó él-. Es sobrino de tu madre. ¿No te agrada?
Catalina le miró con extrañeza.
-¿No es un buen mozo ? -siguió Heathcliff.
La joven se levantó sobre las puntas de los pies y habló a Heathcliff al oído. Él se echó a reír. Hareton se puso sombrío, y yo reparé en que era muy suspicaz para algunas cosas. Pero Heathcliff le tranquilizó al decirle:
-¡Ea, Hareton, te preferiremos a ti! Me ha dicho que eres un... ¿un qué? Bueno, no me acuerdo... Una cosa muy agradable. Acompáñala a dar una vuelta y pórtate como un caballero. No digas palabrotas, no la mires cuando ella no te mire a ti, ruborízate cuando se ruborice ella, háblale con dulzura y no lleves las manos en los bolsillos. Anda, trátala todo lo mejor que puedas.
Y miró a la pareja cuando pasó ante la ventana. Hareton no miraba a su compañera y parecía tan atento al paisaje como un pintor o un turista. Cati le miró a su vez de un modo muy lisonjero. Después se dedicó a encontrar objetos que atrajesen su interés y, a falta de conversación, tarareaba.
-Con lo que le he dicho -indicó Heathcliff- verás cómo no pronuncia ni una palabra. Elena, cuando yo te­
nía su edad o poco menos, ¿era tan estúpido como él?
-Era usted peor -precisé-, porque era usted aún más huraño.
-¡Cuánto me satisface verle así! -siguió Heathcliff, expresando sus pensamientos en voz alta-. Ha colmado mis esperanzas. Si hubiese sido un tonto de nacimiento, ello no me satisfaría tanto. Pero no es tonto, no, y yo comprendo todos sus sentimientos, ya que yo mismo antes que él los he experimentado. Ahora mismo me hago cargo de cuánto padece, aunque no es, por supuesto, más que un principio de lo que padecerá después.


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