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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.157

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Pero me disgusta que valga tan poco. Lo único que me hubiera consolado es que fuese digno de mí, y he experimentado una desilusión viendo que es un pobre desgraciado que no sabe hacer otra cosa que llorar.
José acudió con un tazón de sopa de leche.
Linton, después de dar muchas vueltas al cacharro, dijo que no lo quería. El viejo criado, según noté, sentía hacia el niño el mismo desprecio que su padre, pero procuraba disimularlo teniendo en cuenta el deseo de Heathcliff de que le respetaran.
-¿Con qué no quiere comerlo? --dijo José en voz muy baja para que no le oyesen-. Pues el señorito
Hareton no comía otra cosa cuando era niño, y era tan bueno como usted.
-Llévatelo -repuso Linton-. No lo quiero.
José, indignado, cogió el tazón y se lo presentó a Heathcliff.
-¿Qué hay en esto de malo? -preguntó.
-No creo que haya nada malo -dijo Heathcliff.
-Pues su hijo no quiere comerlo -respondió José-. ¡Pero él se saldrá con la suya! Su madre era lo mismo. Pensaba que todos éramos unos puercos y que nuestro contacto ensuciaba el trigo con que se cocía su pan.
-Guárdate de mencionar a su madre -gruñó Heathcliff, enojado-. Trae algo que le guste, y basta. ¿Qué suele comer el chiquillo, Elena?
Indiqué que le convendría té o leche hervida, y la cria da recibió orden de prepararlo. Yo reflexioné que el egoísmo de su padre contribuiría a su bienestar. Heathcliff veía que su delicada salud exigía tratarle con cuidado. Y pensé que el señor se consolaría cuando se lo dijese. Entretanto, como ya no tenía pretexto para quedarme, salí al patio, aprovechando un momento en que Linton estaba ocupado en rechazar tímidamente las muestras de amistad que le quería prodigar un mastín. Pero él se dio cuenta de mi marcha. Al cerrar la puerta le oí gritar una vez y otra:
-¡No se vaya! ¡No quiero quedarme aquí!
Se cerró la puerta, y le impidieron salir. Monté en Minny, y así concluyó mi breve custodia del niño.

CAPÍTULO XXI
Durante el día estuvimos muy ocupados en consolar a Cati. Se levantó muy temprano, impaciente por ver a su primo, y tanto lloró y se lamentó al saber que se había marchado, que Eduardo tuvo que consolarla prometiéndole que el niño volvería en breve, si bien añadió: «si lo consigo».


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