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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.148

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No perdería usted nada con ser más

amable. Yo no soy sirvienta suya, y el señor Hareton aunque no sea hijo del amo, es primo de usted.
-¡Mi primo! -exclamó desdeñosamente Cati.
-Sí, su primo.
-¿Cómo les permites decir esas cosas, Elena? -me interpeló Cati-. A mi primo ha ido a buscarle a

Londres mi papá. ¡Vaya! ¡Este mi primo! -exclamó, disgustada ante la idea de que pudiese ser primo suyo semejante patán. -Uno puede tener muchos primos de todas clases, señorita -contesté yo- y no valer menos por ello. Con no buscar su compañía si no le agrada, está resuelto todo. -No, Elena, no puede ser mi primo -insistió la jo ven. Y, como si tal idea la asustase, se refugió en mis brazos.
Yo estaba muy disgustada con ella y con la criada por lo que mutuamente se habían descubierto. Comprendía que Heathcliff sería enseguida informado del retorno de Linton con el hijo de Isabel y comprendía también que la joven no dejaría de preguntar a su padre acerca de aquel primo tan tosco. En cuanto a Hareton, que ya había reaccionado del disgusto que le produjera ser toma do por un criado, pareció
lamentar la pena de su prima, se dirigió a ella, después de haber sacado la jaca a la puerta, y le quiso regalar un cachorrillo de los que había en la perrera. Ella le contempló con horror, suspendiendo sus lamentos para mirarle.
Tal antipatía hacia el joven me hizo sonreír. Él, en realidad, era un mozo bien formado, bien parecido y robusto, aunque vistiera la ropa propia de los trabajos que hacía en la finca. Yo creía notar en su rostro mejores cualidades que las que su padre tu viera, cualidades que sin duda hubieran florecido copiosamente de desarrollarse en un ambiente más apropiado. Me parece que Heathcliff no le había maltratado físicamente, a lo cual era opuesto por regla general. Parecía haber aplicado su malignidad a hacer de Hareton un bruto. No le había enseñado a leer ni escribir ni le reprendía por ninguna de sus costumbres censurables, salvo las que molestaban al propio Heathcliff. Nunca le ayudó a dar un paso hacia el bien, ni a separarle un paso del mal. José, con las adulaciones que le dedicaba en concepto de jefe de la familia, acabó de estropearle. Y, así como cuando Heathcliff y Catalina Earnshaw eran niños cargaba sobre ellos todas las culpas, hasta agotar la paciencia del señor, ahora acusaba de todos los defectos de Hareton al usurpador de su herencia.


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