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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.145

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Luego entretenía la velada contándome fantásticas historias. Yo no temía que saliera del parque, porque la verja estaba cerra da, y aunque se hubiese hallado abierta, pensaba yo que ella no se arriesgaría a salir sola. Pero desgraciadamente me equivoqué. Una mañana, a las ochó, Cati vino a buscarme y me dijo que aquel día ella era un mercader árabe que iba a atravesar el desierto, y que necesitaba muchas provisiones para sí y para su caravana, consistente en el caballo y en tres camellos. Los camellos eran un gran sabueso y dos perros pachones. Preparé un paquete de golosinas y lo metí en una cesta que colgué del arzón. Saltó ligera como una sílfide sobre la jaca, y partió alegremente al trote, con su sombrero de alas anchas que la defendía contra el sol de julio, riendo y mofándose de mis exhortaciones de que volviera pronto y no galopara. Pero a la hora del té no volvió. El sabueso, que era un perro viejo, poco amigo ya de tales andanzas, regresó, mas no ella ni los pachones. Envié a buscarla, y al final, viendo que nadie la encontraba, partí yo misma. Junto a los límites de la finca hallé a un aldeano y le pregunté si había visto a la señorita.
-La vi por la mañana -respondió-. Me pidió que le cortara una vara de avellano, y luego hizo saltar a su jaca por encima el seto.
Figúrese cómo me puse al oír tal cosa. Inmediatamente pensé que se había dirigido al risco de Penninston. Me precipité a través de un agujero del seto que el hombre estaba arreglando, y corrí hacia la carretera. Anduve millas y millas hasta que avisté «Cumbres Borrascosas».
Y como Penninston dista milla y media de la casa de Heathcliff, y por tanto cuatro de la «Granja», empecé a temer que la noche caería antes de que yo llegase al risco.
«A lo mejor ha resbalado trepando por las rocas -imaginé- y se ha matado o se ha roto un hueso.»
Mi inquietud disminuyó algo cuando, al pasar junto a las «Cumbres» distinguí a Carlitos, el más fiero de los perros que acompañaban a Cati, tendido bajo la ventana, con la cabeza tumefacta y sangrando por una oreja. Me dirigí a la puerta y llamé fuertemente. Una mujer que yo conocía de Gimmerton y que había ido a las «Cumbres» como sirvienta al morir Earnshaw me abrió.


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