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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.144

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Una de las criadas le habló un día de la «Cueva Encantada». Esto le interesó tanto, que no hizo más que abru mar al señor Linton con su insistencia en ir a visitarla. Él le prometió que la complacería cuando fuera mayor. Pero la niña contaba su edad de mes en mes y frecuentemente preguntaba:
-¿Soy ya bastante crecida?
Mas Eduardo no tenía deseo alguno de ir, porque el camino pasaba cerca de «Cumbres Borrascosas», y esto no le placía. Solía, pues, contestar:
-Aún no, querida, aún no.
Según le dije, la señora Heathcliff no vivió mas que doce años después de haber abandonado a su esposo. Su débil constitución era un mal congénito en la familia. Ni ella ni su hermano disfrutaban de la robustez que es comun en la comarca. No sé de qué murió, pero creo que los dos fallecieron de lo mismo: una especie de fiebre lenta, que de pronto consumía las energías rápidamente. Así que llegó un momento en que
escribió a su hermano para advertirle del probable desenlace funesto a que le abocaba una enfermedad que venía padeciendo desde cuatro meses atrás, y le rogaba que fuese a verla, ya que tenían que arreglar muchas cosas y deseaba entregarle a Linton antes de morir. Esperaba que Heathcliff dejase a Linton a cargo de su hermano como le habían dejado a cargo de ella, y le alegraba la convicción que albergaba de que su padre no deseaba ocuparse del niño. El amo se apresuró a cumplir -su deseo.
Al irse, Linton dejó a Cati a mi custodia, recomendándome mucho que no la dejase salir del parque ni si­quiera conmigo. Sola, no pasaba por su cerebro la idea de que pudiese andar por ningún sitio.
Tres semanas estuvo fuera. La niña al principio pasaba el tiempo en un rincón de la biblioteca, y estaba tan triste que no jugaba ni leía.
Pero a esta tranquilidad sucedió una etapa de inquietud. Y como yo estaba ya algo madura y muy ocupada en mis quehaceres, encontré un medio de que se divirtiese sin que me molestase. La enviaba a pasear por la finca, a caballo o a pie, y cuando volvía escuchaba pacientemente el relato de sus reales o fantásticas aventuras.
Vino el estío, y tanto se aficionó Cati a aquellas solitarias excursiones, que muchas veces salía después de desayunar y no volvía hasta la hora de la cena.


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