Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.143
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» Cuando él la reprendía, aunque sólo fuese con un gesto, ella consideraba el suceso como una terri ble desgracia. Pero me parece que el señor no le dirigió Jamás una palabra áspera. Él mismo tomó su instrucción a su cargo. Afortunadamente, era inteligente y curiosa, y aprendió muy pronto.
A los trece años, aún no había cruzado ni una sola vez el recinto del parque sin ir acompañada. En alguna ocasión el señor Linton la llevaba a pasear a una o dos millas de distancia, pero no la confiaba a nadie más. Para los oídos de la niña, la palabra Gimme rton no quería decir nada. No había entrado en otra casa que en la suya, salvo en la iglesia. Para ella no existían ni «Cumbres Borrascosas», ni el señor Heathcliff. Vivía en perfecta reclusión y parecía contenta de su estado. A veces, mientras miraba el paisaje desde la ventana, me preguntaba:
-Elena, ¿cuánto se tardaría en llegar a lo alto de aquellos montes? ¿Y sabes tú qué hay al otro lado? ¿El mar?
-No, señorita -contestaba yo-. Hay otros montes iguales.
-¿Qué aspecto tienen esas rocas doradas cuando se está junto a ellas? -me preguntó un día.
El acantilado del risco de Penninston atraía mucho su atención, sobre todo cuando el sol poniente bañaba su cima dejando en penumbra el resto del panorama. Yo le dije que eran áridas masas de piedra, entre cuyas grietas crecía algún que otro árbol raquítico.
-¿Y cómo brillan tanto después de oscurecer? -siguió preguntando.
-Porque están mucho más altas que nosotros -repuse-. Usted no podría subir a esas rocas; son demasiado
abruptas y altas. En invierno, la nieve cae allí antes que en sitio alguno. Hasta en pleno verano he hallado
nieve yo en una grieta que hay al Nordeste.
-Si tú has estado -dijo, regocijada- también yo podré ir cuando sea mayor. ¿Papá ha estado allí, Elena?
-Su papá le diría -me apresure a contestar-que ese sitio no merece la pena de visitarlo. El campo por
donde pasea usted con él es mucho más hermoso y el parque de esta casa es el sitio más bonito del mundo.
-Pero yo conozco el parque, y ese sitio no -murmuró ella-. ¡Cuánto me gustaría mirar desde lo alto de aquella cumbre! Tengo que ir alguna vez en mi jaquíta Minny.
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