Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.139
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-Por lo visto se proponen que yo odie al chico también...
-Creo que lo único que desean es que usted no se ocupe de él para nada -respondí.
-Pues que no se olviden de que, cuando yo quiera, le traeré conmigo.
Por suerte, Isabel murió cuando el muchacho contaba unos doce años de edad.
El día que siguió a la inesperada visita de Isabel, no tuve ocasión de hablar con el amo. Él eludía toda conversación y yo no me sentía con humor de hablar. Cuando al fin le conté la fuga de su hermana, manifestó alegría, porque detestaba a Heathcliff tanto como se lo permitía la dulzura de su carácter. Tanta aversión sentía hacia su enemigo, que dejaba de acudir a los sitios donde existía la posibilidad de verle o de oír hablar de él. Dimitió de su cargo de magistrado, no iba a la iglesia, no pasaba por el pueblo y vivía recluido en casa, sin salir más que para pasear por el parque, llegarse hasta los pantanos o visitar la tumba de su esposa. Y aun esto lo hacía a horas en que no fuera fácil encontrar a nadie. Pero era tan bueno, que no podía ser siempre desgraciado. Con el tiempo se resignó, y hasta le invadió una dulce melancolía. Conservaba celosamente el recuerdo de Catalina y esperaba reunirse con ella en el mundo mejor al que no
dudaba de que había ido.
Pudo encontrar consuelo en su hija. Aunque los primeros días pareció indiferente a ella, esa frialdad acabó fundiéndose como la nieve en abril, y aun antes de que la niña supiese andar ni hablar, reinaba en su corazón despóticamente. Se la bautizó con el nombre de Catalina, pero él nunca la llamó así, sino Cáti. En cambio, a su esposa nunca le había dado tal nombre, tal vez porque Heathcliff lo hacía. Creo que quería más a su hija porque le recordaba a su esposa, que por el hecho de ser hija suya.
Al comparar su caso con el de Hindley, yo no lograba comprender bien cómo ambos en un mismo caso habían seguido tan opuestos caminos.
Hindley, que parecía más fuerte, había manifestado ser más débil. Al hundirse el barco que capitaneaba, abandonó su puesto, dejándolo entregado a la confusión, mientras Linton, al contrario, había confiado en Dios y demostrado el valor de un corazón leal y fiel.
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