Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.138
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»Yo esbocé otro movimiento, preparándome a retirarme.
»-Si la pobre Catalina -seguí diciendo, sin dejar de mantenerme alerta- se hubiera casado contigo y adoptado el grotesco y degradante nombre de señora de Heathcliff, pronto la hubieras puesto como a su herma no. Sólo que ella no lo hubiera soportado, y te habría dado de ello pruebas palpables...
»Como Earnshaw estaba entre él y yo, no pretendió cogerme. Pero empuñó un cuchillo que había en la mesa y me lo tiró a la cara. Me dio junto a la oreja. Le contesté con una injuria que debió llegarle más adentro que a mí el cuchillo, y gané la puerta. Lo último que vi fue a Earnshaw intentando detenerle y a ambos cayendo enlazados ante el hogar. Al pasar por la cocina, dije a José que se apresurara a asistir a su amo. Tropecé con Hareton, que jugaba en una silla con unos cachorrillos, y me lancé, feliz como un alma
que huye del purgatorio, cuesta abajo por el áspero camino. Después corrí a campo traviesa hacia la luz que brillaba en la «Granja». Preferiría ir al infierno para toda la eternidad antes que volver a «Cumbres Borrascosas».
Isabel, en silencio, tomó el té, se levantó, se puso un chal y un sombrero que le trajimos, se subió a una silla, besó los retratos de Catalina y de Eduardo, y sin atender mis súplicas de que se quedase siquiera una hora más, se fue en el coche, acompañada de Fanny, gozosa de haberse vuelto a reunir con su dueña. No volvió más, pero desde entonces se escribió periódicamente con el señor. Creo que se instaló en el Sur, cerca de Londres. A los pocos meses dio a luz un niño, al que puso el nombre de Linton y que, según nos comunicó, era una criatura caprichosa y enfermiza.
Heathcliff me encontró un día en el pueblo, y quiso saber dónde vivía Isabel. Yo me negué a decírselo y él no se preocupó mucho de insistir, aunque me advirtio que se guardase bien de volver con su hermano, porque no la dejaría vivir con él. No obstante, probablemente por algún otro criado, logró descubrir el domicilio de su esposa, si bien no la molestó, lo que ella achacaría probablemente al odio que le inspiraba.
Solía preguntarme por el niño cuando me veía y al saber el nombre que le habían dado, exclamó:
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