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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.136

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Heathcliff, comprendiendo que su adversario ignoraba los malos tratos de que había sido objeto mientras se hallaba desmayado, le increpó llamándole alcoholizado y delirante, le dijo que olvidaría la atroz agresión que había perpetrado contra él y le recomendó que se fuese a dormir. Después, nos dejó solos, y yo me fui a mi habitación, felicitándome de haber salido tan bien librada de aquellos sucesos.
»Cuando bajé por la mañana, a eso de las once, el señor Earnshaw estaba sentado junto al fuego, muy enfermo en apariencia. Su ángel malo estaba a su lado, y parecía tan decaído como el mismo Hindley. Comí con apetito a pesar de todo, y no dejaba de experimentar cierta sensación de superioridad, que me daba al sentir la conciencia tranquila, cada vez que miraba a uno de los dos. Al acabar, me aproximé al fuego -libertad inusitada en mí - dando la vuelta por detrás del señor Earnshaw, y me agazapé en un rincón detrás de su silla.
»Heathcliff no me miraba, y yo pude entonces exami narle a mi sabor. Tenía contraída la frente, esa frente que antes me pareciera tan varonil y ahora me parece tan diabólica. Sus ojos habían perdido su brillo como consecuencia del insomnio y acaso del llanto. Sus labios cerrados, carentes de su habitual expresión sarcástica, delataban una profunda tristeza. Aquel dolor, en otro, me hubiera impresionado. Pero se trataba de él, y no pude resistir el deseo de arrojar una saeta al enemigo caído. Sólo en aquel momento de debilidad podía permitirme la satisfacción de devolverle parte del mal que me había hecho.
-¡Oh, qué vergüenza, señorita! -interrumpí -. Cualquiera pensaría que no ha abierto usted una Biblia en su vida. Le debía bastar con ver cómo Dios humilla a sus enemigos. No está bien añadir el castigo propio al enviado por Dios.
-En principio estoy de acuerdo, Elena -me contes tó-, pero en aquel caso, el mal de Heathcliff no me satis­facía si yo no me mezclaba en él. Hubiera preferido que sufriera menos, pero que sus sufrimientos se debieran a mí. Sólo llegaría a perdonarle si lograra devolverle todos los sufrimientos que me ha producido, uno a uno. Ya que fue él el primero en afrentarme, que fuera él el primero en pedirme perdón. Y entonces puede que me fuera agradable mostrarme generosa. Pero como no me puedo vengar por mí misma, tampoco me será posible concederle el perdón.


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