Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.135
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Su adversario, agotado por el dolor y por la pérdida de sangre, había caído desvanecido. El miserable le pateó y pisoteó y le golpeó fuertemente la cabeza contra el suelo, mientras me sujetaba con la otra mano para impedirme que llamara a José. Le costó un verdadero esfuerzo no rematar a su enemigo. Al fin, ya sin aliento, lo arrastró y comenzó a vendarle la herida con brutales movimientos, maldiciéndole y escupiéndole a la vez con tanta violencia como antes le había pateado. Entonces, al soltarme, corrí a buscar al viejo, quien me comprendió enseguida y bajó las escaleras a saltos.
»-¿Qué pasa? -preguntó.
»-Pasa que tu amo está loco -respondió Heathcliff -, y que como siga así le haré encerrar en un manicomio. Y tú, perro, ¿cómo es que me has cerrado la puerta? ¿Qué rezongas ahí? Ea, no voy a ser yo quien le cure. Lá vale eso, y ten cuidado con las chispas de la bujía. Ten en cuenta que la mitad de la sangre de este hombre está convertida en aguardiente .
»-¿Con qué le ha asesinado usted? --exclamó José-. ¡Y que yo tenga que asistir a semejante cosal ¡Dios quiera que ... !
»Heathcliff le dio un empellón hacia el herido, y le arrojó una toalla, pero José, en vez de ocuparse de la cura, comenzó a recitar una oración tan extravagante, que no pude contener la risa. Yo me encontraba en tal estado de insensibilidad, que nada me conmovía. Me pasaba lo que a algunos condenados al pie del patíbulo.
,¡Me había olvidado de ti! -dijo el tirano-. Vaya, encárgate de eso. ¡Al suelo! ¿Con qué también tú conspiras con él contra mí, víbora? ¡Cúrale!
»Me zarandeó hasta hacerme rechinar los dientes y me arrojó junto a José. Éste, sin perder la serenidad, terminó de rezar y después se levantó anunciando su decisión de dirigirse a la «Granja». Decía que el señor Linton, como magistrado que era, no dejaría de intervenir en el asunto aunque se le hubiesen muerto cincuenta mujeres. Tan empeñado se manifestó en su resolución, que a Heathcliff le pareció que era oportuno que yo relatase lo sucedido, y a fuerza de insidiosas preguntas me hizo explicar cómo se habían desarrollado las cosas. Sin embargo, costó mucho convencer al viejo de que el agresor no había sido Heathcliff. Al fin, cuando apreció que el señor Earnshaw no había muerto, le dio un trago de aguardiente, y entonces recobró Hindley el conocimiento.
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