Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.131
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-Vamos, calle -le dije-. Sea más compasiva. Es un ser humano, al fin. Hay otros peores que él.
-No es un ser humano -repuso- y no tiene dere cho a mi piedad. Le entregué mi corazón y después de
desgarrármelo me lo ha tirado a la cara. Los humanos sentimos con el corazón, Elena, y desde que desgarró el mío, no me es posible sentir nada hacia él, ni sentiría nada, mientras él no muera, aunque llorase lágrimas de sangre. ¡No, no soy capaz de sentir nada!
Isabel rompió a llorar. Pero se secó las lágrimas inme diatamente, y continuó:
-Te diré por qué tuve que huir. Llegué a excitar su ira hasta un extremo que sobrepasó Su infernal prudencia y se entregó a violencias contra mí. Al ver que había logra do exasperarle, sentí cierta satisfacción, luego despertó en mí el instinto de conservación, y huí. ¡Ojalá no vuelva a caer en sus manos de nuevo!
»Como supondrás -prosiguió-, Earnshaw se proponía ir al entierro. No bebió -quiero decir que sólo se emborrachó a medias-y así estuvo hasta las seis, en que se acostó. A las doce se levantó con lo que se llama la re saca de la embriaguez: de un humor de perros, por tanto, y con tantas ganas de ir a la iglesia como al baile. De modo que se sentó al fuego y empezó a beber. Heathcliff -¡me escalofría pronunciar su nombre!-casi no apareció por casa desde el domingo. No sé si le daban de comer los duendes o quién. Pero con nosotros no come hace una semana. Al apuntar el alba se encerraba en su habitación -¡como si temiese que alguien buscara su agradable compañía!- y allí se entregaba a fervientes plegarias. Pero te advierto que el dios que invocaba es sólo polvo y ceniza, y al invocarle lo confundía de extraña manera con el propio demonio que le engendró a él. Terminadas estas magníficas oraciones -que duraban hasta enronquecer y ahogársele la voz en la garganta- se iba inmediatamente camino de la «Granja». ¡Cómo que me extraña que Eduardo no le haya hecho vigilar por un condestable! Por mi parte, aunque lo de Catalina me entristecía mucho, me sentía como si tuviese una fiesta al disfrutar de tal libertad. Así que recuperé mis energías hasta el punto de poder escuchar los sermones de José sin echarme a llorar y de poder andar por la casa con más seguridad de la acostumbrada.
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