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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.129

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Me enfurecí y me asombré. Pensando al principio que era una de las criadas, grité:
-¡Silencio! ¿Qué diría el señor Linton si te oyese reír?
-Perdona -contestó una voz que me era conocida-, pero sé que Eduardo está acostado y no he podido contenerme.
Mientras hablaba, se acercó a calentarse junto a la lumbre, oprimiéndose los costados con las manos.
-He volado más que corrido desde las «Cumbres» aquí -continuó- y me he caído no sé cuántas veces. Ya
te lo explicaré todo. únicamente quiero que ordenes que enganchen el coche para irme a Gimmerton y qué me busquen algunos vestidos en el armario.
La recién llegada era la esposa de Heathcliff. El cabello le caía sobre los hombros y estaba empapada en agua y en nieve. Llevaba el vestido que solía usar de soltera: un vestido descotado, de manga corta, y no tenía cubierta la cabeza ni llevaba nada al cuello. En los pies calzaba unas leves chinelas. Para colmo, tenía una herida junto a una oreja, aunque no sangraba porque el frío congelaba la sangre, y su rostro estaba
blanco como el papel, y lleno de arañazos y magulladuras.
-¡Oh, señorita! -exclamé-. No ordenaré nada ni la escucharé hasta que no se haya cambiado esa ropa moja da. Además, esta noche no irá usted a Gimmerton. De modo que no hace falta enganchar el coche.
-Me iré aunque sea a pie -repuso-. Respecto a mudarme, está bien. Mira como sangro ahora por el cuello. Con el calor, me duele.
Hasta que no mandé disponer el carruaje y encargué a una criada que preparase ropas, se negó a que la atendiese y le curase la herida. Cuando todo estuvo hecho, se sentó al fuego ante una taza de té, y dijo:
-Siéntate, Elena. Quítame de delante a la niña de Catalina. No quiero verla. No creas que no me ha afectado la muerte de mi cuñada. He llorado por ella como el que más. Nos separamos enfadadas, y no me lo perdono. Esto bastaría para que no pudiese querer a ese ser odioso. Mira lo que hago con lo único que llevo de él.
Se quitó de los dedos un anillo de oro y lo tiró.
-Quiero pisotearla y quemarla luego -dijo con rabia pueril.
Y arrojó la sortija a la lumbre.
-¡Así! Ya me comprará otro si logra encontrarme.


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