Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.128
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Todos menos yo ignoraron que Linton pasó allí todo aquel tiempo sin descansar apenas un momento. A su vez, Heathcliff pasaba fuera también, por lo menos las noches, sin reposar tampoco ni un minuto. El martes, aprovechando un instante en que el amo, rendido de fatiga, se había retirado para dormir dos horas, abrí una de las ventanas a fin de que Heathcliff pudiera dar a su adorada un último adiós. Aprovechó la oportunidad, y entró sin hacer el más ligero ruido. Sólo pude darme cuenta de que había penetrado al apreciar lo desordenado que estaban las ropas en torno al rostro del cadáver y al hallar en el suelo un rizo de cabello rubio. Examinando con cuidado, comprobé que había sido arrancado de un dije que Catalina llevaba al cuello, y sustituido por un negro mechón de los cabellos de Heathcliff. Yo uní ambos cabellos y los
introduje en el medallón.
Se invitó al señor Earnshaw a que acudiese al entierro de su hermana, pero no apareció ni se excuso siquiera. A Isabel no se la avisó. De modo que el duelo estuvo compuesto, aparte de mi amo, solamente de criados y colonos.
Con gran extrañeza de los labriegos, Catalina no fue enterrada en el panteón de la familia Linton, ni entre las tumbas de los Earnshaw. Se abrió la fosa en un verde rin cón del cementerio. El muro es tan bajo por aquel lado, que los matorrales trepan sobre él y se inclinan sobre la tumba. Su esposo yace ahora en el mismo sitio, y una sencilla lápida con una piedra gris al pie cubre el sepulcro de cada uno.
CAPÍTULO XVII
El día del sepelio fue el único bueno que hubo en aquel mes. Al anochecer comenzó el mal tiempo. El viento cambió de dirección y empezó a llover y luego a nevar. Al otro día resultaba increíble que hubiéramos disfrutado ya tres semanas de buena temperatura. Las flores quedaron ocultas bajo la nieve, las
alondras enmudecieron, y las hojas tempranas de los árboles se ennegrecieron, como si hubieran sido heridas de muerte. ¡Aquella mañana pasó muy triste y muy lúgubre! El señor no salió de su habitación. Yo me instalé en la solitaria sala, con la niña en brazos, y mientras la mecía miraba caer la nieve a través de la ventana. De pronto, la puerta se abrió y entró una mujer jadeando y riéndose.
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