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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.126

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Página 126 de 249


Y ella continuó:
-Temo, al pensar en la vida de Catalina Linton, que no sea muy dichosa en el otro mundo. Pero, en fin,
dejémosla tranquila, ya que está en presencia de su Creador...
En vista de que el amo parecía dormir, me aventuré, poco después de salir el sol, a escaparme al exterior.
Los criados de la «Granja» se imaginaron que yo salía para desentumecer mis sentidos, fatigados de la larga vela, pero en realidad lo que me proponía era hablar al señor Heathcliff, quien había pasado la noche entre los pinos, y no debía haber sentido el movimiento en la «Gran ja», a no ser que hubiese oído el galope del caballo del criado que enviáramos a Gimmerton. De estar más cerca, el movimiento de puertas y luces le habría hecho probablemente comprender que pasaba algo grave. Yo sentía a la vez deseo y temor de encontrarle. Por un lado, me urgia comunicarle la terrible noticia, y por otro no sabía de qué modo hacerlo para no enojarle.
Le vi en el parque, apoyado contra un añoso fresno, sin sombrero, con el cabello empapado por el rocío que, goteando desde las ramas, le iba empapando lentamente. Debía llevar mucho tiempo en aquella postura, porque reparé en una pareja de mirlos que iban y venían a menos de tres pies de distancia de él, ocupándose en construir su nido, y tan ajenos a la pres encia de Heathcliff como si fuera un árbol. Al acercarme, echaron a volar y él alzando los ojos, me dijo:
-¡Ha muerto! ¡Tanto esperar para acabar recibiendo esa noticia! Vamos, fuera ese pañuelo; no me vengas con llantos... ¡Iros todos al diablo! ¿Para qué le valdrán ya vuestras lágrimas?
Yo lloraba tanto por él como por ella. Es frecuente compadecer a personas que son incapaces de experimen tar tal sentimiento hacia el prójimo y hasta hacia sí mis mos. Al verle se me ocurrió que quizá sabía ya lo sucedido y que se había resignado y rezaba, porque movía los labios y bajaba la vista.
-Ha muerto -contesté, secando mi llanto- y está en el cielo, adonde todos iríamos a reunirnos con ella si aprovecháramos la lección y dejáramos el mal camino para seguir el bueno.
-¿Acaso ha muerto como una santa? Vaya. Cuéntame ¿Cómo ha muerto ... ? -preguntó sarcásticamente Heathcliff.
Fue a pronunciar el nombre de la señora, pero la voz expiró en sus labios y se los mordió.


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