Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.125
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Aquella niña llegó con verdadera inoportunidad. Si la pobrecita se hubiese muerto llorando en las primeras horas de su existencia, a todos en aquel momento nos hubiera tenido sin cuidado. Más tarde rectificamos, pero el principio de su vida fue tan lamentable como probable mente será su fin.
La mañana siguiente amaneció alegre y clara. La luz del sol se filtraba a través de las persianas e iluminaba el lecho y a la que en él yacía con un dulce resplandor.
Eduardo tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en la almohada. Sus hermosas facciones estaban tan pálidas como las del cuerpo que yacía a su lado. Su rostro transparentaba una angustia infinita, y en cambio, el rostro de la muerta reflejaba una paz infinita. Tenía los párpados cerrados y los labios ligeramente sonrientes. Creo que un ángel no hubies e estado más bello de lo que ella lo estaba. Aquella serenidad que emanaba de la difunta me contagió. Jamás sentí más serena mi alma que mientras estuve contemplando aquella inmóvil imagen del reposo eterno. Me acordé, y hasta repetí las palabras que Catalina pronunciara poco antes: se había remontado sobre todos nosotros. Fuese que se encontrara en la tierra todavía, o ya en el cielo su espíritu, indudablemente estaba con Dios.
Quizá sea una cosa peculiar mía, pero el caso es que muy pocas veces dejo de sentir una impresion interna de beatitud cuando velo un muerto, salvo si algún afligido allegado suyo me acompaña. Me parece apreciar en la muerte un reposo que ni el infierno ni la tierra son capaces de quebrantar, y me invade la sensación de un futuro eterno y sin sombras. Sí; la Eternidad. Allí donde la vida no tiene límite en su duración, ni el amor en sus transportes, ni la felicidad en su plenitud. Y entonces comprendí el egoísmo que encerraba un amor como el de Linton, que de tan amarga manera lame ntaba la liberación de Catalina.
Cierto es que, en rigor, teniendo en cuenta la agitada y rebelde vida que había llevado, cabía dudar de si entraría o no en el reino de los cielos, pero la contemplación de aquel cadáver con su aspecto sereno facilitaba toda vacilación.
-¿Usted cree -me preguntó la señora Dean- que personas así pueden ser felices en el otro mundo? Daría algo por saberlo.
No contesté a la pregunta de mi ama de llaves, pregunta que me pareció un tanto poco ortodoxa.
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