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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.124

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Todos nos perderemos por culpa suya: el señor, la señora y yo.
Grité y me retorcí las manos con desesperación. Al oírme gritar, el señor Linton se apresuró más aún. No dejó de aliviar un tanto mi turbación el ver que los brazos de Catalina, dejando de oprimir a Heathcliff, caían lánguidamente y su cabeza se inclinaba con laxitud.
«Se ha desmayado o se ha muerto -pensé-. Mejor. Vale más que muera que no que siga siendo una causa de desgracias para todos los que la rodean.»
Eduardo, lívido de estupor y de ira al divisar al inesperado visitante, se lanzó hacia él. No sé lo que se proponía. Pero Heathcliff le detuvo en seco poniéndole entre los brazos el inmóvil cuerpo de su esposa.
-Si no es usted un demonio -dijo Linton- ayúdeme primero a atenderla, y ya hablaremos después.
Heathcliff se marchó al salón y permaneció sentado. El señor Linton recurrió a mí, y entre los dos, con grandes esfuerzos, logramos reanimar a Catalina. Pero había perdido la razón completamente: suspiraba,
emitía quejidos inarticulados y no reconocía a nadie. Eduardo, en su ansiedad por su esposa, se olvidó de su odiado rival. Aproveché la primera oportunidad que tuve para pedirle que se fuese, afirmándole que Catalina estaba un poco repuesta y que a la mañana siguiente le llevaría noticias suyas.
-Saldré de la casa -dijo él-pero permaneceré en el jardín. No te olvides de cumplir tu palabra mañana, Elena. Estaré bajo aquello s pinos: tenlo en cuenta. De lo contrario, volveré, esté Linton o no.
Lanzó una rápida mirada por la puerta entreabierta de la alcoba, y al comprobar que, al parecer, yo no había faltado a la verdad, se fue, librando a la casa de su malvada presencia.

CAPÍTULO XVI
A medianoche de aquel día nació la Catalina que usted ha conocido en «Cumbres Borrascosas»: una niña de siete meses. Dos horas después moría su madre, sin ha ber llegado a recobrar el sentido suficiente Para reconocer a Eduardo o echar de me nos a Heathcliff. El señor Linton se sintió traspasado de dolor por la pérdida de su esposa. No quiero hablar de ello: es demasiado doloroso. Aumentaba su disgusto, a lo que se me alcanza, la pena de no tener un heredero varón. También yo lamentaba lo mismo mientras contemplaba a la huerfanita y maldecía mentalmente al viejo Linton, por haber decidido que en aquel caso fuese heredera su hija y no su hijo, que hubiera, a mi juicio, resultado lo más lógico.


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