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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.123

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Callaron, juntaron sus rostros y mutuamente se bañaron en lágrimas. No sé si me equivoqué al suponer que Heathcliff lloraba también, pero, en verdad, el caso no era para menos.
Yo me hallaba inquieta. Caía la tarde y se veía salir ya a la gente de la iglesia de Gimmerton y esparcirse por el valle. El criado que enviara al pueblo estaba de regreso.
-El oficio religioso ha concluido -anuncié- y el señor volverá antes de media hora.
Heathcliff lanzo un juramento y abrazó más apretadamente aún a Catalina, que permaneció inmóvil. A poco, distinguí a los criados, que avanzaban en grupo por el camino. El señor Linton les seguía a corta distancia. Abrió por sí mismo la verja. Parecía extasiado en contemplar la hermosura de la tarde de verano y aspirar sus dulces perfumes.
-Ya ha llegado -exclamé-. ¡Baje enseguida, por Dios! No encontrará usted a nadie en la escalera princi­pal. Ocúltese entre los árboles hasta que el señor haya entrado.
-Debo irme, Catalina -dijo Heathcliff separándose de sus brazos-. Pero, de no morirme, te volveré a ver antes de que te hayas dormido... No me separare ni cinco yardas de tu ventana.
-No te irás -repuso ella, sujetándole con todas sus fuerzas-. No tienes por qué irte.
-Vuelvo antes de una hora seguró él.
-No te irás ni siquiera por un minuto -insistió la señora.
-Es forzoso que me vaya -repitió, alarmado, Heathcliff-. Linton estará aquí dentro de un momento.
Por su gusto, él se hubiera levantado y desprendido de ella a viva fuerza, pero Catalina le sujetó firmemente, mientras pronunciaba expresiones entrecortadas. En su rostro se transparentaba una decidida
resolución.
-¡No! -gritó-. ¡No te vayas! Eduardo no nos hará nada. ¡Es la última vez, Heathcliff: me muero!
-¡Maldito necio! Ya ha llegado -exclamó Heathcliff dejándose caer otra vez en la silla -. ¡Calla, Catalina! ¡Calla, alma mía! Si me matase ahora, moriría bendiciéndole.
Y volvieron a unirse en un estrecho abrazo. Sentí subir a mi amo por la escalera. Un sudor frío bañaba mi frente. Estaba horrorizada.
-¿Pero es que va usted a hacer caso de sus delirios? -dije a Heathcliff, fuera de mí -. No sabe lo que dice. ¿Es que se propone usted perderla aprovechando que le falta la razón? Levántese y márchese inmediatamente. Este crimen sería el más odioso de cuantos haya cometido usted.


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