Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.119
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Sonaban a lo lejos las campanas de Gimmerton y el melodioso rumor del arroyo que regaba el valle
acariciaba dulcemente los oídos. Cuando los árboles estaban poblados de hojas, el rumor de la fronda agitada por el viento apagaba el del fluir del arroyo. En «Cumbres Borrascosas» se escuchaba con gran intensidad durante los días que seguían a un gran deshielo o a una temporada de llu vias. Sin duda oyendo el ruido del arroyo, Catalina debía estar pensando en «Cumbres Borrascosas», en el supues to de que pensara y oyera algo puesto que su mirada vaga y errática parecía mostrar que estaba ausente de toda clase de cosas materiales.
-Me han dado una carta para usted -le dije, depositándola en su mano, que tenía apoyada en la rodilla -.
Conviene que la lea enseguida, porque espera contestación. ¿Quiere que la abra?
-Sí -repuso Catalina sin alterar la expresión de su mirada.
La abrí. Era un mensaje brevísimo.
-Léala usted -proseguí.
Ella dejó caer el pliego. Volví a colocarlo en su regazo, y esperé, pero viendo que no prestaba atención alguna, le dije:
-¿Quiere que la lea yo? Es del señor Heathcliff.
Se sobresaltó y cruzo por sus ojos un relámpago que indicaba que luchaba para coordinar las ideas. Cogió la carta, la repasó suficientemente, y suspiró al leer la firma. Pero no se había dado cuenta de su contenido, porque al preguntarle qué contestación debía transmitir me miró con una expresion interrogativa y angustiada.
-Quiere verla -repuse, adivinando lo que quería significarme-. Está esperando en el jardín con la mayor impaciencia.
En tanto que yo hablaba, noté que el perro que estaba en el jardín se erguía, estiraba las orejas, y luego, desistiendo de ladrar y meneando la cola, daba a entender que quien se acercaba le era conocido. La señora Linton se asomó a la ventana, y escuchó conteniendo la respiración. Un minuto después sentimos pasos en el vestíbulo. La puerta abierta representaba una tentación harto fuerte para Heathcliff. Sin duda pensó que yo no había cumplido mi promesa y resolvió confiar en su propia osadía.
Catalina miraba ansiosamente hacia la entrada de la habitación. Heathcliff, al principio, no encontraba el cuarto, y la señora me hizo una señal para que fuera a recibirle, pero él apareció antes de que llegase yo a la puerta, y un momento después ambos se estrechaban en un apretado abrazo.
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