Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.113
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La existencia sin ella sería un infierno. Pero fui un estúpido al suponer, aunque fuese por un solo momento, que ella preferiría el afecto de Eduardo Linton al mío. Si él la ama se con toda la fuerza de su alma mezquina, no la amaría en ochenta años tanto como yo en un día. Y Catalina tie ne un corazón como el mío. Ante se podría meter el mar en un cubo que el amor de ella pudiera reducirse a él. Le quiere poco más que a su perro o a su caballo. No le amará nunca como a mí . ¿Cómo va a amar en él lo que no existe?
-Catalina y Eduardo se aman tanto como cualquier otro matrimonio -exclamó bruscamente Isabel-. Na die posee el derecho de hablar así, y no te consentiré que desprecies de esa forma a mi hermano en presencia mía.
-También a ti tu hermano te quiere mucho, ¿no? -contestó Heathcliff despreciativamente-. Mira cómo se apresura a dejarte abandonada a tu propia suerte.
-Porque ignora mi situación ya que no he querido decírselo... -repuso Isabel.
-Eso quiere decir que le has contado algo.
-Le escribí para anunciarle que me casaba. Tú mismo leíste la carta.
-¿No has vuelto a escribirle?
-No.
-Me duele ver lo desmejorada que está la señorita -intervine yo-. Se ve que le falta el amor de alguien, aunque no esté yo autorizada para decir de quién.
-Me parece -repuso Heafficliff- que el amor que le falta es el amor propio. ¡Está convertida en una verda
dera fregona! Se ha cansado enseguida de complacerme. Aunque te parezca mentira, el mismo día de nuestra boda ya estaba llorando por volver a su casa. Pero precisamente por lo poco limpia que es, se sentirá a sus anchas en esta casa, y ya me preocuparé yo de que no me ridiculice escapándose de ella.
-Debía usted recordar -repliqué- que la señora Heathcliff está acostumbrada a que la atiendan y cuiden, ya que la educaron, como hija única que era, en medio de mimos y regalos. Usted debe proporcionarle una doncella y la debe tratar con benevolencia. Piense usted lo que piense sobre Eduardo, no tiene derecho a dudar del amor de la señorita, ya que, si no, no hubiese abandonado, para seguirle, las comodidades en las que vivía, ni hubiese dejado a los suyos para acompañarle en esta horrible soledad.
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