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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.109

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Las cortinas colgaban de cualquier manera, medio arrancadas de sus anillas, y la varilla metálica que las sustentaba estaba torcida, de modo que los cortinajes arrastraban por el suelo. Las sillas estaban estropeadas y grandes desperfectos afeaban los papeles de los muros.
»Me disponía a posesionarme de la alcoba, cuando oí decir a mi torpe guía:
»-Esta es la habitación del amo.
»Mientras, la cena se me había enfriado, el apetito se me había disipado, y se me había agotado la paciencia. In sistí violentamente en que se me diese un sitio donde descansar.
»-¿Dónde demonios ... ? -comenzó el bendito vie jo-. ¡Dios me perdone! ¿Dónde demonios quiere insta­larse usted? ¡Vaya una lata! Ya le he enseñado todo, me nos el tabuco de Hareton. No hay en toda la casa otro sitio donde dormir.
»Furiosa ya, tiré al suelo la bandeja y cuanto contenía. Después me senté en el descansillo de la escalera y rompi a llorar.
»-¡Muy bien, señorita, muy bien! -dijo José-. Ahora, cuando el amo encuentre los restos de los cacharros, verá la que se arma. ¡Qué mujer tan necia! Merece usted no comer hasta Navidad, ya que ha arrojado al suelo el pan nuestro de cada día. Pero me parece que no le durarán mucho esos arranques. ¿Se figura que Heathcliff le va a aguantar semejantes modales? No quisiera otra cosa sino que la hubiera visto en este
momento. Era bas tante.
»Mientras me reprendía, cogió la vela, se dirigió a su cuchitril y me dejó sumida en t inieblas.
»Después de mi arrebato de cólera, medité y comprendí que era preciso dominar mi orgullo y procurar no excitarme. Encontré un auxilio imprevisto en Tragón, al que no tardé en reconocer como hijo de nuestro viejo Espía. De cachorrillo había estado en la granja y mi padre se lo había regalado al señor Hindley. Debió conocerme, porque me frotó la nariz con su hocico como saludo, y luego empezó a comerse la sopa derramada, mientras yo andaba por los peldaños cogiendo los cacharros que tirara y limpiando con el pañuelo las manchas de leche de la baranda.
»Estábamos terminando la faena cuando sentíamos los pasos de Earnshaw en el pasillo. El perro encogió la cola y se acurrucó contra la pared. Yo me deslicé por la puerta más cercana. El ruido de una caída escaleras abajo y varios lastimeros aullidos me hicieron comprender que el perro no había podido esquivar el encuentro.


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