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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.105

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»Ya me arrepentía de haber llamado a aquella puerta y me disponía a marcharme, cuando él me mandó pasar y cerró la puerta con llave. En la habitación había un gran fuego, que constituía la única iluminación de la estancia. El suelo era de un tono gris y los platos que, siendo niña yo, me llamaban tanto la atencion por su brillo, estaban cubiertos de polvo y de moho. Pregunté si podía llamar a la doncella para que me llevase a mi habitación. Earnshaw no se dignó contestarme. Se paseaba con las manos en los bolsillos, completamente ajeno a mi presencia al parecer, y tal era su profunda abstracción y tan misantrópico aspecto presentaba, que no me atreví a importunarle ya más.
»No te extrañarás, Elena, cuando te diga que me sentí muy triste en aquel hogar inhospitalario, mil veces
peor que la sociedad, y, sin embargo, situado a solo cuatro mi llas de mi antigua y agradable casa, donde habitan las únicas personas a quienes quiero en el mundo. Pero era lo mismo que si en lugar de cuatro millas nos separara el océano. Un abismo infranqueable, en todo caso...
»La pena que más me angustiaba era la de no tener a quien recurrir para hallar un amigo o un aliado contra Heathcliff. Por un lado, me alegraba de haber ido a vivir a «Cumbres Borrascosas» para no tener que estar sola con él, por él sabía ya cómo era la gente de esta casa, y no temía que interviniese en nuestros asuntos.
»Durante un prolongado y angustioso rato permanecí entregada a mis reflexiones. Sonaron las ocho, las nueve, y mi acompanante continuaba entregado a su paseo, inclinando la cabeza sobre el pecho y guardando absoluto silencio, excepto alguna amarga exclamación que se le escapaba de vez en cuando. Procuré escuchar con la esperanza de oír en la casa la voz de alguna mujer, y me sentí embargada de tan lúgubres angustias y tan dolorosos pensamientos, que al fin no pude contener una crisis de lágrimas. Ni yo misma me di cuenta de cuánta era mi aflicción hasta que Earnshaw, sorprendido, se detuvo ante mí. Aprovechando aquel instante, exclamé:
»-Estoy fatigada y quisiera descansar. ¿Quiere decirme, por favor, dónde está la doncella para ir a buscarla, ya que ella no viene a buscarme a mí?
»-No tenemos doncella -repuso-. Tendrá usted que cuidarse a sí misma.


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