Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.101
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La señora tenía el rostro cubierto con un manto, pero, al ir a beber un vaso de agua que había pedido, se descubrió, y entonces pudieron verla. Luego Heathcliff y la señorita huyeron. La moza lo había contado ya a todo el pueblo.
Yo, por cubrir el expediente, me asomé al cuarto de Isabel, y al volver confirmé el relato de la sirvienta. El señor se hallaba otra vez a la cabecera de la cama, y cuando me vio entrar comprendió por mi aspecto lo sucedido.
-¿Qué hacemos? -pregunté.
-Isabel se ha ido voluntariamente -me respondió el señor-. Era libre de hacerlo. No me menciones más su nombre. Ha renegado de mí.
No habló más sobre el asunto. No realizó busca alguna, limitándose a ordenarme que, cuando se supiese su nueva morada, mandase a Isabel cuanto le pertenecía.
CAPÍTULO XIII
Dos meses estuvieron fuera los fugitivos. Durante aquel intervalo la señora sufrió y dominó lo más agudo de una fiebre cerebral, que fue cómo diagnosticaron su dolencia. Ninguna madre hubiera cuidado a su hijo con más devoción que Eduardo cuidó a su esposa. Día y noche estuvo a su lado, soportando cuantas molestias le producía. Kenneth no ignoraba que aquello que él salvaba de la tumba sólo serviría para aumentar los desvelos de Linton con un nuevo manantial de preocupaciones. Eduardo sacrificaba su salud y
sus energías para conservar la vida de una piltrafa humana. No obstante, su gratitud y su alegría fueron inmensas cuando Catalina estuvo fuera de peligro. Horas enteras permanecia sentado a su lado, vigilando los progresos de su salud, y esperando en el fondo que su esposa recobrase también el equilibrio mental y tornase a ser lo que había sido.
La primera vez que ella salió de su habitación fue a principios de marzo. El señor, por la mañana, había pues to en su almohada un ramillete de flores de azafrán. Los ojos de Catalina las contemplaron con fijeza.
-Son las primeras flores que brotan en las «Cumbres» -exclamó -. Me recuerdan los vientos templados que funden los hielos, el cálido sol y las últimas nieves. Eduardo, ¿sopla el viento del sur? ¿Se ha fundido la nieve?
-Aquí ya no hay nieve, querida -contestó su marido-. Sólo se divisan dos manchas blancas en toda la extensión de los pantanos. El cielo está azul, las alondras cantan y los arroyos llevan mucha corriente.
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