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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.100

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Yo no proponía perseguirles, ni era cosa de aumentar con una angustia más la zozobra que ya padecía mi amo. No me quedaba más re­
medio que callar y dejar correr las cosas. Me apresuré a anunciar al señor la llegada del médico. Catalina se había dormido con un sueño agitado. Su marido había logrado tranquilizarla un poco y permanecía inclinado sobre ella examinando las más leves contracciones de su rostro.
El médico, después de reconocer a la enferma, nos dio esperanzas sobre su estado, siempre que le procuráramos una tranquilidad absoluta. Yo creí entender que, más que un peligro mortal, temía la locura incurable.
Ni el señor Linton ni yo pudimos dormir en toda la noche. No nos acostamos. Los criados se levantaron
más pronto que de costumbre y se les veía entregados a comentarios en voz baja. Al notar que la señorita Isabel no estaba levantada aún , comentaron también el caso. Su hermano, a su vez, pareció ofenderse del poco interés que Isabel demostraba a su cuñada. Yo quería no ser la prime ra en avisar la fuga. Ello corrió a cargo de una doncella que había ido a Gimmerton a hacer un recado, y que al re gresar se precipitó hacia nosotros llena de excitación y diciendo a gritos:
-¡Ay, señor! ¡Amo, la señorita ... !
-¡No alborotes tanto! -exclamé.
-Habla bajo, María -dijo el señor-. ¿Qué pasa?
-¡La señorita ha huido con Heathcliff! -exclamó la muchacha.
-No es verdad -profirió Linton, agitadísimo-. ¡No puede ser verdad! ¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa?
¡Vete a buscarla, Elena! ¡Es increible!
Mientras hablaba, se llevó a la criada hasta la puerta y allí le preguntó que qué motivos tenía para hacer aquella afirmación.
-Vi en el camino a un mozo que trae leche a la granja, y me preguntó si estábamos disgustados. Creyendo que se refería a la enfermedad de la señora, le dije que sí. En tonces me contestó: «¿Habrán enviado a alguien en su persecucion?» Me quedé asombrada. Él, notando que yo no sabía nada, me dijo que una señora y un caballero se habían detenido a la puerta de un herrero para clavar la herradura de un caballo, cerca de Gimmerton. La hija del herrero se asomó a la puerta y vio que el hombre era Heathcliff. Este entregó una moneda de oro para pagar.


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