Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.99
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Personas como ella enferman rara vez, pero cuando ello sucede es ardua empresa librarles de sus males. ¿Cómo comenzó esto?
-El amo le informará --contesté-. Usted conoce el violento carácter de los Earnshaw, y no ignora que la señorita Catalina les deja a todos en mantillas. Lo único que puedo decirle es que todo comenzo por una disputa, y que, después de una explosión de furor, sufrió un ataque. Ella lo ha explicado así; nosotros no lo vimos, porque se encerró en su alcoba. Luego se negó a tomar alimento y ahora delira unas veces y otras seentrega a sueños fantásticos. Áún nos reconoce, pero su cabeza está llena de ideas muy raras.
-¿El señor Linton estará muy, disgustado?
-¡Tanto, que se rompería la cabeza si pasase algo! Procure no alarmarle en exceso.
-Ya advertí que se anduviera con cuidado, y ahora hay que atenerse a las consecuencias de no haberme atendido -repuso el médico-. ¿Ha intimado el señor Linton con Heathcliff últimamente?
-Heathcliff iba a la «Granja» -reconocí-, pero no porque ello le agradara al amo, sino aprovechando su amistad de la infancia con la señora. Ahora se le ha invitado a no molestar con visitas, como consecuencia de ciertas intolerables aspiraciones que manifestó respecto a la señorita Isabel. No creo que vuelva otra vez por casa.
-¿Le ha rechazado la señorita Linton? -preguntó el médico.
-Ella no me hace confidencias -respondí.
-Sí, Isabel hace lo que se le antoja -dijo él-, pero obra como una locuela. Me consta que anoche -¡qué hermosa noche hacía, por cierto!- estuvo paseando con Heathcliff por el jardín, y que él la quiso convencer de que huyeran juntos. Ella se nego, pero accedió a hacerlo el próximo día que se vieran. Lo sé de buena tinta. Lo que no sé es a qué día se referían.
Asaltada por nuevos temores al saber aquella noticia, me adelanté a Kenneth y eché a correr. En el jardín encontré al perrito ladrando. Cuando abrí la verja, empezo a correr de un lado a otro, olfateando la hierba, y hasta se hubiera marchado al camino de no impedírselo yo. Subí al cuarto de Isabel: estaba vacío. Acaso de haber sabido a tiempo la enfermedad de la señora, ello hubiera evitado que realizara su loca determinación. Pero ya no había nada que hacer. No era posible alcanzar a los fugitivos.
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