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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.98

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Me defendí de aquellas acusaciones. ¿Qué culpa tenía yo de la aviesa inclinación de Catalina?
-Sabía -dije- que la señora era terca y dominante, pero ignoraba que usted desease fomentar su mal carác­ter. No sabía que debiese tolerar los abusos del señor Heathcliff por no contrariar a la señora. ¡Así me paga usted el haber cumplido mis deberes de sirvienta leal! Aprenderé mejor para otra vez. En lo sucesivo, se informará de las cosas por sus propios ojos.
-Si vuelves a venirme con chismes, prescindiré de tus servicios -repuso él.
-Ya entiendo -repuse-. Por lo visto el señor Heathcliff está autorizado para hacer el amor a la señorita y para predisponer a la señora contra el señor cuando usted está ausente.
Catalina, no por tener la mente algo perturbada, deja ba de prestar oído atento a nuestra conversación.
-¡Oh, traidora Elena! -exclamó -. Ella es mi sola pada enemiga. ¡Bruja! ¡Déjame, Eduardo, y verás como la hago arrepentirse!
Bajo sus párpados fulguró un relámpago de demencia y trató de soltarse de los brazos de Linton. Yo resolví ir a buscar al médico por propia iniciativa, y salí de la estancia. Al atravesar por el jardín, distinguí, colgado de un garfio de la pared, un objeto blanco que se movía extrañamente. No quise que me quedase en la mente la duda de que pudiese ser un alma del otro mundo, y, a pesar de mi prisa, me paré a averiguar de qué se trataba. Quedé estupefacta al reconocer al galguito de la señorita Isabel, colgado con un pañuelo al cuello y medio ahogado. Solté al animal y lo liberté. Cuando Isabel se había ido a acostar, yo vi subir al
galgo detrás de ella, y no me podía explicar quién fuera el malvado que le había hecho objeto de tal barbarie. Mientras lo desataba, creí sentir el lejano galope de un caballo, ruido asaz inusitado para ser oído a las dos de la madrugada, pero yo tenía tanta prisa que casi no lo advertí.
Encontré al señor Kermeth saliendo de su casa para visitar a un enfermo, y lo que relaté de la dolencia de Catalina le indujo a acompañarme inmediatamente. Como Kenneth es un hombre sencillo y franco, me confesó que dudaba mucho de que Catalina sobreviviera a aquel segundo ataque.
-Esto debe tener alguna causa especial, Elena -me dijo-. ¿Qué ha pasado? Una mujer tan fuerte como Ca­talina no enferma por pequeñeces.


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