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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.97

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¿Qué te sucede, Ca talina?
Se detuvo. El aspecto de la señora le dejó horrorosamente sorprendido, y volvió hacia mí sus ojos asombrados.
-Lleva consumiéndose aquí varios días -dije-, negándose a tomar alimentos y sin quejarse de nada. Hasta hoy no ha permitido pasar a nadie, y no hemos hablado a usted del estado en que se encuentra, porque
nosotros mismos lo ignorábamos. No creo que sea nada de gravedad...
Yo misma comprendí que mi explicación era pobre. Mi amo frunció las cejas.
-¿Que no es nada de gravedad, Elena Dean? Ya me explicarás mejor tu silencio sobre esto -dijo con severidad.
Tomó en brazos a su mujer y la miró angustiado. Al principio ella no daba señales de reconocerle. Pero el delirio que la embargaba no era permanente todavía. Sus ojos, un momento velados por la contemplación de la oscuridad del exterior, acabaron reparando en el hombre que la tenía entre sus brazos.
-¿A qué vienes, Eduardo Linton? -dijo con colérica vivacidad-. Eres de esos que siempre llegan cuando no hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que vas a empezar ahora con lamentaciones, pero no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada defin itiva antes de que concluya la primavera. Y no reposaré en el panteón de los Linton, sino en una fosa al aire libre, con una simple losa encima. Tú, por tu parte, haz lo que quieras: vete con los Linton o ven conmigo.
-¿Qué estás diciendo, Catalina? -come nzó el amo -. ¿Es que ya no soy nada para ti? ¿Acaso estás ena­morada de ese miserable Heath ... ?
-¡Silencio! -gritó la señora-. ¡Cállate, o me arrojo ahora mismo por la ventana! Y tú podrás entonces tener mi cuerpo, pero mi alma estará allí, en las «Cumbres», antes de que puedas volver a tocarme. No te necesito, Eduardo. Vuelve a ocuparte de tus libros. Te vendría bien para consolarte, porque yo no he de volver a servirte de consuelo.
-Señor -interrumpí-: la señora está delirando. Ha estado desvariando to da la tarde. Cuidémosla bien, pro­curemos que esté tranquila, y pronto se restablecerá. En lo sucesivo debemos tener cuidado de no disgustarla.
-No sigas dándome consejos -interrumpió el señor-. Conocías el modo de ser de la señora, y sin embargo me has incitado a contrariarla. ¡Parece mentira que no me hayas dicho nada de su estado durante estos tres días! ¡Qué crueldad! ¡Oh, Catalina está desfigurada como si hubiese padecido una enfermedad de muchos meses!


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