Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.96
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-Querrás decir que porque no quieres darme una probabilidad de revivir -respondió ella, con rencor---. Pero aún no estoy impedida, yo misma la abriré.
Saltó del lecho y, antes de que yo pudiera oponerme, cruzó la habitación y abrió la ventana, sin cuidarse del aire glacial que soplaba alrededor de sus hombros y que cortaba como un cuchillo. Le pedí que se retirara, se nego y quise obligarla a la fuerza. Pero el delirio le daba más fuerza que la que yo pudiera desarrollar. No había luna y una oscura bruma lo invadía todo. No brillaba una sola luz. En «Cumbres Borrascosas» no se veía resplandor alguno, mas ella aseguraba que distinguía las luces del edificio.
-¡Mira! -gritó-. Aquella luz es la de mi cuarto, y aquella otra la del desván donde duerme José. Sin duda está esperando que yo vuelva a casa para cerrar la verja. Aún tendrá que esperar un buen rato. Es un mal camino, muy desagradable de recorrer. Hay que pasar por la igle sia de Gimmerton. Con frecuencia nos hemos desafiado a permanecer entre las tumbas llamando a los muertos. Heathcliff: si te desafío ahora, ¿te atreverás? Podrán sepultarme, si quieren, a doce pies de profundidad y hasta ponerme la iglesia encima, pero yo no me quedaré allí hasta que tú no estés conmigo.
Hizo una pausa, y dijo luego, con una singular sonrisa:
-Estás pensando en que sería mejor que fuese yo a buscarte... Bueno, pues encuéntrame un camino que no pase por el cementerio. ¡Qué despacio vas! Cálmate: me seguirás siempre.
Pensando que era inútil razonar con ella, ya que evidentemente tenía la razón alterada, me ocupaba en buscar algo con que cubrirla, cuando sentí rechinar el picaporte, y entró el señor Linton, con gran consternación por mi parte.
Pasaba por el corredor, y al oírnos hablar, la curiosidad o el temor de que sucediera algo le impulsaron a penetrar en la alcoba.
-¡Oh, señor! -exclamé, ahogando así la exclama ción que le asomaba a los labios ante el espectáculo que distinguía en la habitación-. La señora está enferma y no puedo con ella. Haga el favor de venir y convénzala de que se acueste. Olvide su enfado: ya sabe que no se puede hacer con ella más que lo que ella quiere.
-¿Está enferma Catalina? -dijo él, corriendo hacia nosotras -. Cierra la ventana, Elena.
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