Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.94
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¿Quién será? Temo que aparezca cuando te vayas. ¡Elena: este cuarto está embrujado! Me asusta quedarme sola.
Le así las manos y traté de calmarla. Se estremecía convulsivamente y miraba hacia el espejo con fijeza.
-No hay nadie en el cuarto, señora -repetí-. Era su propio rostro, como sabe usted muy bien.
-¡Yo misma! -exclamó suspirando-. Y el reloj da las doce... ¡Es horrible!
Y se cubrió los ojos con las sábanas. Pretendí dirigirme a la puerta para avisar a su marido, pero me detuvo un penetranté grito de Catalina. El chal acababa de caer al suelo.
-¡Vamos! -exclamé-. ¿Qué sucede? ¿Quién es el cobarde ahora? ¿No ve usted, señora, que es su cara la que se refleja en el espejo?
Se asió a mi, y unos momentos después su semblante se había tranquilizado y a su lividez sucedía el rubor.
-¡Oh, querida! -dijo-. Pensaba estar en mi casa, en mi cuarto de «Cumbres Borrascosas». Como estoy tan floja, se me turbó el cerebro y he gritado sin darme cuenta. No lo digas a nadie y siéntate a mi lado. Tengo miedo de volver a sufrir estas horribles pesadillas.
-Le convendría dormir, señora -le aconsejé-. Estos padecimientos le enseñaran a no probar otra vez a morirse de hambre.
-¡Quién estuviera en mi lecho, en mi vieja cas a! -la mentó amargamente, retorciéndose las manos-. ¡Oh, aquel viento que sopla entre los abetos, bajo las ventanas! Abre para que pueda aspirarlo: viene de los pantanos directamente.
Para tranquilizarla, abrí la ventana por unos minutos y una helada ráfaga de aire penetró en la habitación. Cerré la ventana y me volví a mi lugar. La joven permanecía inmóvil, con el rostro cubierto de lágrimas, con el espíri tu abatido por la debilidad que se apoderaba de su cuerpo. Nuestra orgullosa Catalina estaba a la altura de un niño miedoso.
-¿Cuánto tiempo hace que me encerré aquí? -me preguntó, de pronto.
-Se encerró el lunes por la tarde -respondí- y ahora estamos en la noche del jueves, o más exactamente,
en la madrugada del viernes.
-¿De la misma semana? -comentó c on extrañeza---. ¿Es posible que sólo haya pasado tan poco tiempo?
-Demasiado, sin embargo, para alimentarse durante él sólo de agua y de mal humor.
-Han sido horas interminables ella, dubitativa-. Debe de haber transcurrido más tiempo.
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