Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.93
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¡Claro: cómo voy a morirme si me ponen plumas de pichón en las almohadas! Pero cuando me acueste, las tiraré. Ésta es de cerceta, y ésta de avefría. La reconocería entre mil: este pájaro solía revolotear sobre nuestras cabezas cuando íbamos por en medio de los pantanos. Buscaba su nido porque las nubes bajas le hacían presentir la lluvia. Esta pluma ha sido cogida en los matorrales. En invierno encontramos una vez su nido lleno de pequeños
esqueletos. Heathcliff había puesto junto a él una trampa y los pájaros padres no se atrevieron a entrar. Desde entonces le hice prometer que no volvería a matar ninguna avefría, y me obedeció. ¡Hay más! ¿Habrá disparado sobre mis avefrías, Elena? ¿No están sucias de sangre algunas de estas plumas? Déjame que lo vea...
-Vamos, no se dedique a esa tarea pueril -le dije, mientras volvía el almohadón del otro lado, ya que por encima estaba lleno de agujeros-. Acuéstese y cierre los ojos. Está usted delirando. ¡Qué torbellino ha
armado usted! Las plumas vuelan como copos de nieve.
Comencé a recogerlas.
-Me pareces una vieja, Elena -dijo ella, delirando-. Tienes el cabello gris y estás encorvada. Esta cama es la cueva encantada que hay al pie de la colina de Penninston y tú andas cogiendo guijarros para arrojárselos a los novillos. Me aseguras que son copos de nieve. Dentro de cincuenta años serás así, aunque ahora no lo seas. Te engañas, no estoy delirando. Si delirara, me hubiera figurado que eras en efecto una bruja y hubiera creído encontrarme realmente en la cueva de la colina de Penninston. Percibo muy bien que ahora es de noche y que en la mesa hay dos velas que hacen brillar ese armario tan negro como el ébano.
-¿Qué armario negro? -pregunté-. ¿Está usted soñando?
-El armario está apoyado en la pared, como siempre -replicó-¡Qué raro es! Distingo en él una cara.
-En este cuarto no ha habido un armario nunca -respondí. Y levanté las cortinas del lecho para poder vigilarla mejor.
-¿Pero no ves aquella cara? -me dijo, señalando a la suya propia, que se reflejaba en el espejo.
En vista de que no me era posible hacerle comprender que el rostro que veía era el suyo, me levanté y tapé el espejo con un chal.
-La cara sigue estando detrás -dijo, anhelante- y se ha movido.
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