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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.92

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Página 92 de 249


De bes decirle que es algo muy grave. Mira, Elena: si no es tarde para todo, una vez que yo conozca cuáles son sus s entimientos hacia mí, he de adoptar una de estas dos soluciones: o dejarme morir, o procurar restablecerme y marcharme. ¿No has mentido? ¿Es cierto que se preocupa tan poco de mí?
-El señor no se figura que esté usted tan loca que vaya a dejarse morir de inanición.
-¿Crees que no? ¡Persuádele, convéncele, de que estoy decidida a hacerlo!
-No recuerda usted, señora, que hoy mismo ha tomado ya algún alimento...
-Me mataría ahora mismo -respondió- si estuvie se segura de que con ello conseguiría matarlo a él tam­bién. Llevo tres noches sin poder cerrar los párpados. ¡Cuánto he padecido! Empiezo a imaginarme que tú tampoco me quieres. ¡Y yo que me imaginaba que, aunque todos se odiasen unos a otros, no podían dejar de quererme a mí! Ahora, en poco tiempo, todos se han convertido en enemigos míos. ¡Es terrible morir rodeada de esos rostros impasibles! Isabel no se atreve a entrar en mi habitación por miedo a contemplar el espectáculo de Catalina muerta. ¡Ya me parece oír a Eduardo, de pie a su lado, dando gracias a Dios porque la paz se ha restablecido en su casa, y volviendo a sus librotes! ¡Parece mentira que se ocupe de sus libros mientras yo estoy aquí muriéndome!
La idea de que su marido permanecía filosóficamente resignado, como yo le había dicho, le resultaba inaguantable. A fuerza de dar vueltas a esta idea en su cerebro, se puso frenética, y en su desvarío rasgó el almohadón con los dientes. Luego se irguió toda encendida y me mandó que abriese la ventana. Le opuse objeciones, porque estábamos en pleno invierno y el viento nordeste soplaba con fuerza. Pero la expresión
de su cara y sus bruscos cambios de tono me alarmaron mucho. Recordé las indicaciones del doctor respecto a que no debíamos contrariarla. El minuto antes estaba furiosa, y, en cambio, ahora, sin darse cuenta de que no le había hecho caso, se había apoyado sobre mi brazo y se entretenía en sacar las plumas de la almohada por los desgarrones que había hecho con los dientes. Colocaba las plumas sobre la sábana y las reunía con arreglo a sus diferentes clases.
-Ésta es de pavo -murmuraba para sí- y ésta de pato silvestre y ésta de pichón.


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