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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.90

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-Y yo te exijo que me dejes en paz -respondió ella enfureciéndose-. ¡Te lo ruego! ¿No ves que casi no puedo sostenerme en pie,? ¡Déjame, Eduardo ... !
Tiró violentamente de la campanilla, y yo acudí sin prisa alguna. Aquellos locos arrebatos de cólera ponían a prueba la paciencia de un santo. Lo vi golpearse la cabeza contra el brazo del sofá y rechinar los dientes de tal modo que parecía que iba a destrozárselos. El señor Linton la miraba compungido y casi arrepentido de su energía an terior. Me mandó traer un vaso de agua. Ella no podía casi hablar. No quiso beber, y entonces le mojé el rostro con el agua. Un instante después se tendió en el sofá, puso los ojos en blanco, y sus mejillas palidecieron como las de una muerta. Linton estaba aterrado.
-No es nada -murmuré.
Quería evitar que él cediera, pero en el fondo me sentía angustiada.
-Está sangrando por la boca -me dijo el señor, estremeciéndose.
No haga caso -contesté.
Y le conté que ella se había propuesto, antes de entrar el, darle el espectáculo de un ataque de locura. Cometí la imprudencia de decirlo en voz alta. Catalina me oyó, y se puso repentinamente de pie. Los cabellos despeinados le caían sobre los hombros, y los tendones del cuello y de los brazos se le habían hinchado de un modo horrible. Me preparé, por lo menos, a que me rompiese los huesos. Pero no fue así: se limitó a precipitarse fuera del cuarto. El amo me mandó que la siguiera, y lo hice hasta la puerta de su alcoba, cuya puerta cerró para librarse de mí.
Al día siguiente, pasó la mañana sin bajar a desayunar. Subí a preguntarle si le llevaba el desayuno y me contestó categóricamente que no. Lo mismo sucedió a las horas de comer y de tomar el té. Al otro día recibí la misma contestación. El señor Linton se pasaba el tiempo en la biblioteca sin preguntar por su esposa. Había sostenido con Isabel una conversación de una hora, durante la cual pretendió obtener de ella una contestación definitiva respecto a que rechazaría a Heathcliff, sin lograr más que evasivas. Entonces él le juró solemnemente que si ella persistía en la locura de dar esperanzas a aquel indigno sujeto, las relaciones entre los dos hermanos terminarían completamente.


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