Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.86
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A veces es peligroso ser demasiado bueno...
Le conté la escena del patio y la disputa que se había producido a continuación, tan exactamente como me lo permitió mi atrevimiento. Pensaba que no causaría mucho perjuicio a la señora, a no ser que ella misma se empeñase en causárselo tomando la defensa del intruso. El señor Linton tuvo que contenerse
mucho para oírme hasta el fin. Y sus frases indicaban claramente que no dejaba de achacar a su mujer la culpa de lo ocurrido.
-¡Esto es insoportable! -exclamó-. ¡Es ignominioso que le tenga por amigo y que me obligue a aceptar su trato! Llama a dos de los criados, Elena. Catalina no seguirá discutiendo con ese rufián. ¡Ya he sido dema siado condescendiente!
Mandó a los sirvientes que aguardasen en el pasillo, y, seguido por mí, se dirigió a la cocina. La señora, en aquel instante, hablaba acaloradamente. Heathcliff estaba junto a la ventana, algo acobardado, al parecer, por los re proches de Catalina. Fue el primero en ver al señor, y le hizo un gesto para que callase. Ella le obedeció inmedia tamente.
-¿Qué es esto? -preguntó Linton dirigiéndose a ella-. ¿Qué idea tienes del decoro para permanecer aquí después de lo que te ha dicho ese miserable? Tal vez no das importancia a sus palabras porque estás acostumbrada a su clase de conversación. Pero yo no lo estoy ni quiero estarlo.
-¿Has estado escuchando a la puerta Eduardo? -preguntó ella en tono calculadamente frío, a fin de provocar a su esposo, mostrándole a la vez su desprecio.
Heafficliff, al oír hablar a Eduardo, había levantado la vista, y ahora, al hablar Catalina, soltó la carcajada, con el propósito de que Linton reparara en él. Y lo consiguió, pero no que Eduardo perdiera el dominio de sí mismo.
-Hasta hoy le he soportado a usted, señor -pronunció mi amo serenamente-. No porque desconociera su miserable carácter, sino porque creía que no toda la culpa de tenerlo era suya. Y también porque Catalina deseaba conservar su amistad. Pero si accedí a ello, no pienso continuar obrando como hasta ahora. Su sola presencia es un veneno moral capaz de contagiar al ser más virtuoso. Por tanto, y para evitar más graves consecuencias, le prohibo desde hoy que vuelva a poner los pies en es ta casa y le exijo que salga de ella inmediatamente.
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