Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.85
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Entérate de que me consta que me has tratado horriblemente, ¿te enteras?, horriblemente. Si te figuras que no lo sé, eres una necia, y si te imaginas que me consuelas con palabras dulces, eres una idiota, y si piensas que no me tomaré venganza de ello, pronto te convencerás de lo contrario. Me alegro de que me hayas dicho el secreto de tu cuñada, y te juro que sabré sacar partido de él. ¡No te interpongas en mi camino!
-Pero, ¿qué es esto? -exclamó, asombrada, la señora Linton-. ¡Que te he tratado horriblemente y vas a vengarte! ¿Cómo vas a vengarte, torpe ingrato? ¿Cuándo te he tratado horriblemente yo?
-No me vengaré de ti -dijo Heathcliff con menos violencia-. No es ese mi plan. El tirano oprime a sus esclavos, y éstos, en lugar de volverse contra él, se vengan en los que están debajo. Atorméntame cuanto quieras, si ello te divierte, pero déjame a mí divertirme del mismo modo, y guárdate muy bien de burlarte de mí. Ya que has destruido mi palacio, no te empeñes en edificar en sus ruinas una choza y hacerme habitar en ella por caridad. Si yo creyese que tenías interés en que me casase con Isabel, me daría un tajo en la garganta antes de hacerlo.
-¿Así que lo que te ofende es que yo no esté celosa? -gritó Catalina-. Pues no me volveré a preocupar de buscarte esposa, no te preocupes. Sería como ofrecer al diablo un alma condenada. Te entusiasma causar desgracias. Ahora que Eduardo ha dominado el disgusto que le produjo tu llegada y que yo empiezo a estar tranquila, tú te empeñas en buscar camorra. Peléate con Eduardo, si quieres, y engaña a su hermana, y así te habrás vengado de mí, y mucho más de lo que pudieras imaginarte.
La dis cusión cesó por el momento. La señora Linton se sentó, hosca y silenciosa, al lado del fuego. El demonio que había estado sumiso a ella se había convertido en indomable. Heathcliff permaneció de pie ante la lumbre, cruzado de brazos, maquínando, sin duda, diabólicos planes, y yo les abandoné y me fui a buscar al amo. Éste es taba extrañado de no ver a su mujer.
-¿Has visto a la señora, Elena? -me preguntó.
-Está en la cocina, señor -repuse-. Está enfadada por la conducta que observa el señor Heathcliff, y, si me quiere usted hacer caso, creo que convendría poner coto a sus visitas.
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