Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.84
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La joven estaba turbada y parecía deseosa de alejarse, pero él la retuvo
sujetándola por el brazo. Isabel separó la cara. Él le hizo una pregunta a la que la señorita no quería responder, al parecer. El volvió a mirar a la casa, y, creyendo que nadie le veía, tuvo el descaro de besar a
Isabel.
-¡Oh, Judas, traidor! -proferí-. ¿Con que eres también un villano, un hipócrita burlador?
-¿Qué pasa, Elena? -dijo Catalina, que entraba en aquel momento, sin que yo, absorta en la escena que contemplaba, lo hubiese notado.
-¡El miserable amigo de usted! -exclamé furiosa-. ¡El miserable Heathcliff! Ya entra: nos ha visto... ¡A ver qué excusa le da a usted para explicar por qué hace el amor a la señorita después de haber dicho que la despreciaba!
La señora Linton vio cómo Isabel se soltaba y echaba a correr. Heathcliff entró inmediatamente. Yo di rienda suelta a mi indignación, pero Catalina me mandó callar, amenazándome con echarme de la cocina.
-¡Cualquiera diría que tú eres la señora! -excla mó-. Haz por no meterte en lo que no te atañe. -Y añadió, dirigiéndose a Heathcliff-: ¿Qué te propones? Ya te he advertido que dejes en paz a Isabel. Procura hacerlo, a no ser que te hayas cansado de venir aquí y quieras que Linton te prohiba la entrada.
-¡Dios lo haga! -respondió aquel rufián-. ¡Le odio cada día más! Si Dios no le conserva paciente y pacífico, acabaré por no resistir al deseo que siento de enviarle a la eternidad.
-¡Cállate y no me desesperes! -ordenó Catalina-. ¿Por qué has olvidado lo que te dije? ¿Fue Isabel la que te buscó?
-¿Qué te importa? -contestó él-. Tengo el dere cho de besarla, si ella no se opone. No soy tu marido: no tienes derecho a estar celosa.
-No estoy celosa de ti, sino por ti -contestó la señora-. Tranquilízate. Si te gusta Isabel, te casarás con ella.
Pero dime si te gusta de verdad, Heathcliff. ¿Ves cómo no contestas? Estoy segura de que no te agrada.
-¿Consentiría el señor Linton que su hermana se casase con ese hombre? -interrogué.
-Lo consentiría -repuso Catalina con tono decisivo.
-También podría evitarse esa molestia -dijo Heathcliff-, porque yo no necesito su consentimiento para nada. Y a ti, Catalina, te diré dos palabras, ya que se presenta la oportunidad.
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