Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.83
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Sentí más dolor que ira y me faltó poco para llorar. Saqué una naranja del bolsillo y se la ofrecí. Dudó un momento y de pronto me la quitó bruscamente de las manos, como si creyera que intentaba engañarle. Le
enseñé otra, pero guardándome bien de ponerla al alcance de su mano.
-¿Quién te ha enseñado esas bonitas palabras, hijo? -le pregunté-. ¿El cura?
¡Malditos seáis el cura y tú! -contestó . ¡Dame eso!
-Si me dices quién te ha enseñado a hablar así te lo daré.
-El demonio de papá -contestó.
-Y papá, ¿qué te enseña? -seguí preguntando.
Se alzó sobre la fruta, pero yo la levanté.
-Nada -me contestó-. No quiere que esté a su lado, porque le maldigo y juro.
-¿Y es el diablo quien te enseña a maldecir a papá?
-¡Ah! No...
-¿Quién entonces?
-Heathcliff.
Le pregunté si quería al señor Heathcliff y me dijo que sí. Al preguntarle por qué respondió:
-Porque él trata mal a papá como papá me trata a mí, y porque él reniega de papá como papá reniega de mí, y porque me deja hacer todo lo que quiero.
-Entonces, ¿el cura no te enseña a leer y escribir?
-No. Han dicho que le partirían la cabeza si entrara por la puerta. ¡Heathcliff lo ha jurado!
Le di la naranja y le encargué que dijera a su padre que una mujer llamada Elena Dean quería verle. Se encaminó a la casa por el sendero, pero en lugar de Hindley salió Heathcliff. Al verle, eché a correr como si hubiera visto a un fantasma. Esto no tiene relación con el asunto de la señorita Isabel mas que porque influyó para que yo aumentara mis precauciones y para que procurara que el influjo pernicioso de aquel hombre no se extendiera a la «Gran ja», lo cual me costó, por cierto, una riña con la señora Linton.
El primer día que Heathcliff volvió a la casa, la señorita Isabel estaba en el corral dando de comer a las palomas. Hacía tres días que no hablaba con su cuñada, pero había suprimido también sus protestas, con gran contento de todos. Heathcliff generalmente no decía a Isabel ni una palabra inútil, pero esta vez, después de lanzar una ojeada a la casa -yo estaba en la ventana de la cocina, pero me retiré para que no me viera- se acercó a ella y le habló.
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