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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.81

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Oirías cosas extraordinarias si yo viviera con esa asquerosa muneca. Lo habitual sería pintarle en la cara todos los colores del arco iris, ponerle negros cada dos días esos ojos azules tan odiosamente parecidos a los de su hermano.
-¡Pero si son encantadores! -le interrumpió Catalina-. Son ojos de paloma, ojos de ángel...
-Es la heredera de su hermano, ¿no? -preguntó él tras un corto silencio.
-Sentiría que lo fuese --contestó Catalina-. ¡Quiera el cielo que antes de que eso suceda, media docena de sobrinos lo hereden todo! No pienses en esto, y recuerda que codiciar los bienes de tu prójimo equivale, en este caso, a codiciar los míos.
-No serían menos tuyos si los tuviera yo -observó Heathcliff-. Pero aunque Isabel sea boba, no creo que sea tan loca como todo eso. Lo mejor es dejarlo, como tú dices.
No hablaron más de ello, y Catalina debió incluso olvidarlo. Pero el otro debió recordar aquello varias veces durante la tarde. Le vi sonreír sin motivo aparente y caer en una meditación de mal agüero cada vez que la señora Linton salía de la habitación.
Decidí vigilarle. Yo me sentía más inclinada al amo que a Catalina, ya que él era bueno y honrado. Es verdad que respecto a ella no podía decirse que no lo fuese, pero yo confiaba muy poco en sus principios y tenía muy poca simpatía hacia sus sentimientos. Deseaba con ansiedad algo que librase a la «Granja» y a la vez a «Cumbres Bo rrascosas» de la mala influencia de Heathcliff. Las visitas de éste eran una obsesión para mí. Y creo que también para el amo. Su estancia en «Cumbres Borrascosas» nos preocupaba extraordinariamente. Yo tenía la impresión de que Dios había abandonado allí en pleno extravío a la oveja descarriada, y que el lobo acechaba, atento, el mo mento oportuno para precipitarse sobre ella y destrozarla.

CAPÍTULO XI
En ocasiones, pensando a solas en todas estas cosas, me sentía presa de un terror repentino y, levantándome y poniéndome el sombrero, pensaba en ir a ver lo que sucedía en «Cumbres Borrascosas». Tenía la convicción de que mi deber era hablar a Hindley de lo que la gente decía de él. Pero cuando recordaba lo empedernido que estaba en sus vicios, me faltaba el valor para entrar en la casa, comprendiendo que mis palabras sólo podrían lograr efectos muy dudosos.


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