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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.79

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Hindley se precipita por el camino de perdición, a lo que él le estimula cuanto puede.» José, señorita Isabel, es un viejo bribón, pero no un mentiroso, y, ¿verdad que, si su relato sobre Heathcliff es cierto, usted no se casaría ja­más con un hombre así?
-No te quiero oír, Elena -me contestó Isabel-. Te has puesto de acuerdo con los demás... ¡Con qué malevolencia tratáis todos de convencerme de que no hay dicha posible en el mundo!
No sé si hubiera llegado a dominar su capricho o no, porque tuvo poco tiempo para refle xionar sobre él. Al día siguiente se celebró un juicio en la villa cercana, y mi amo tuvo que asistir. Heathcliff, enterado de ello, nos visitó más temprano que de costumbre. Catalina e Isabel estaban en la biblioteca y permanecían calladas, mirándose con hostilidad. Isabel estaba alarmada por la indiscreta revelación que había hecho, y Catalina realmente ofendida contra su cuñada, de la que se burlaba, pero a la que no quería permitir que se burlase de ella a su vez. Cuando vio por la ventana que llegaba Heathcliff, se alegró. Yo estaba limpiando la chimenea y descubrí en sus labios una maligna sonrisa. Isabel, absorta en sus reflexiones o en la lectura, no percibió a Heathcliff hasta que éste entró y cuando ya era tarde para irse, lo que hubiera hecho sin duda de buena gana.
-Llegas en momento oportuno --exclamó jovialmente la señora, acercándole una silla-. Aquí tienes a dos mujeres necesitadas de un tercero que rompa el hielo que se ha establecido entre ellas. Heathcliff: me enorgullezco de haber encontrado a alguien que aún te quiere mas que yo. Sin duda te sentirás halagado. No, no es Elena, no la mires... Se trata de mi pobre cuñadita, a la que se le parte el corazón sólo con verte. ¡En tus manos está lle gar a ser hermano de Eduardo! ¡No te vayas, Isabel! -exclamó, sujetando a la joven que, indignada, quería marcharse-. Nos peleábamos por ti como gatas, Heathcliff, y me ha vencido en nuestro torneo de alabanzas y de admiraciones. Aún me ha dicho más, y es que si yo me separara de vosotros por un instante, te flecharía de tal modo, que tu alma quedaría eternamente unida a la suya, mientras que yo sería relegada al olvido.
-¡Catalina! -replicó Isabel, procurando apelar a toda su dignidad-.


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