Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.76
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Catalina, a su vez, trató de moderar sus transportes de alegría cuando llegaba él y así consiguió Heathcliff imponer su asiduidad. El carácter reservado que le distinguía desde la infancia le permitía reprimir la exteriorización de su afecto. Mi amo se sosegó momentáneamente. Pero pronto había de encontrar otros motivos de inquietud.
El nuevo manantial de sus pesadumbres fue el amor que de repente sintió Isabel Linton hacia Heathcliff. Isabel era una hermosa muchacha de dieciocho años, de traza muy infantil, muy inteligente y también de genio muy violento, si se la irritaba. Su hermano, que la quería mucho, quedó consternado cuando notó sus sentimientos. Aparte de la bajeza que su ponía un matrimonio con un hombre basto y la posibilidad de que sus bienes, si no tenía hijos, pasaran a manos de aquel personaje, el amo se daba cuenta de que, en el fondo, el carácter de Heathcliff, pese a las apariencias, no había variado. Y temblaba ante la idea de entregarle a Isabel. Él atribuyó lo ocurrido a maniobras de Heathcliff, aunque en verdad Isabel se había enamorado espontáneamente, sin que Heathcliff la correspondiera.
Hacía tiempo que todos veníamos notando que un secreto disgusto consumí a a la señorita Isabel. Se hizo huraña y susceptible, y con cualquier motivo reñía con Catalina, a riesgo de acabar con la poca paciencia de su cuñada. Al principio supimos que no estaba bien de salud, ya que la veíamos adelgazar y decaer ostensiblemente. Pero al fin, un día se manifestó impertinente hasta el colmo. Se negó a tomar el desayuno, diciendo que los criados no la obedecían, que Eduardo no se ocupaba de ella y que Catalina la tenía cohibida. Añadió que se había enfriado porque habían dejado el fuego apagado y las puertas abiertas expresamente para molestarla, y aún dijo varias vaciedades más. En respuesta, la señora Linton le mandó que se acostara y la amenazó con llamar al mé dico. Al oír hablar de Kenneth, la joven contestó en el acto que disfrutaba de una excelente salud y que era la dureza de Catalina lo que le hacía sufrir.
-¿Qué soy dura contigo, niña mimada? -dijo la señora -. ¿Cuándo he sido dura contigo?
-Ayer.
-¿Ayer? -exclamó su cuñada-. ¿Cuándo?
-Cuando salimos a pasear con el señor Heathcliff me dijiste que podía irme adonde quisiera, para quedarte sola con él..
-¿Y a eso le llamas dureza? Era una indirecta para que nos dejaras solos, porque nuestra conversación no era interesante para ti -dijo Catalina, riendo.
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