Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.74
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Me he levantado y me he ido.
-No debía usted elogiar a Heathcliff en presencia suya -contesté-. Ya sabe que de muchachos se odiaban. Tampoco a Heathcliff le hubiera agradado oír elogios de su esposo. Los hombres son así. No hable usted a su esposo de Heathcliff, a no ser que quiera usted provocar un choque entre ellos.
-Eso es signo de inferioridad -dijo Catalina-. Yo no envidio el rubio cabello de Isabel, ni su piel blanca, ni el cariño que toda la familia siente hacia ella. Cuando discuto por algo con Isabel, tú te pones de parte suya, y yo cedo en todo, como una madre débil y condescendiente. A su hermano le gusta que seamos
buenas amigas, y a mí también. Pero son dos niños mimados, que se figuran que el mundo ha sido creado para complacerles. Yo trato de complacerles, sí, pero no dejo de pensar que les sentaría bien una lección.
-Está usted en un error, señora Linton -dije-: son ellos los que procuran complacerla a usted. Me consta lo que pasaría en caso contrario. Ellos podrán tener algún capricho, pero en cambio no hacen más que amoldarse a todos sus deseos. Y desee usted, señora, que no se presente ninguna ocasión de probar su carácter, porque si llega el caso, ésos que usted supone inferiores y débiles demostrarán tanta energía como usted misma.
-Si es así lucharemos hasta la muerte, ¿no? -repuso Catalina, echándose a reír-. Tengo tanta confianza en el amor de Eduardo, que creo que podría hasta matarle sin que él se defendiese.
Yo entonces le aconsejé que estimara aquel cariño en cuanto valía.
-Ya lo estimo -dijo-, pero él no debería romper en lágrimas por pequeñeces. Eso es una niñería. Cuando
le he dicho que Heathcliff merecía ahora el respeto de todos y que cualquiera se honraría con su amistad, ha debido mostrarse conforme conmigo. Tiene que habituarse a él y hasta podría llegar a apreciarle. Heathcliff se portó bien con él, si tenemos en cuenta los motivos que tiene para no sentir simpatía hacia su persona.
-¿Qué opina de su visita a «Cumbres Borrascosas»? -pregunté-. Al parecer, se ha corregido en todo y per-dona a sus enemigos, como buen cristiano.
-Estoy tan admirada como tú -respondió ella -. Según él ha explicado, fue allí para preguntar por mí, pensando que tú continuarías viviendo en la casa.
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