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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.72

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¡Me parece mentira tanta felicidad!
Iba a volver a salir, pero Eduardo la detuvo.
-Hazle subir -me ordenó-, y tú, Catalina, alégra te, si quieres, pero no hagas absurdidades. No hay por qué dar el espectáculo de recibir a un criado huido como a un hermano.
Bajé y encontré a Heathcliff esperando en el portal a que le mandaran subir. Me siguió en silencio, y le conduje a presencia de los amos, cuyas encendidas mejillas delataban la reciente discusión. La señora se ruborizó más aún, corrió hacia Heathcliff, le cogió las manos, e hizo que Linton y él se las estrechasen a regañadientes. A la luz de la lumbre y de las bujías, me asombró más aún la transformación de Heathcliff. Se había convertido en un hombre, alto, atlético y bien constituido. Mi amo parecía un mozalbete a su lado. Viendo su erguido continente, se pensaba que debía haber servido en el ejército. Su semblante mostraba una expresión más firme y resuelta que el señor Linton, dejaba transparentar inteligencia y no conservaba
huella alguna de su antigua inferioridad. En sus cejas fruncidas y en el negro fulgor de sus ojos persis tía su natural fiereza, pero refrenada. Sus modales eran dignos y sobrios, aunque no graciosos. Mi amo quedó, al notar todo aquello, tan estupefacto como yo misma. Es tuvo un momento indeciso, sin saber cómo dirigirse a él. Heathcliff dejó caer la mano y esperó hasta que Linton optó por hablarle.
-Siéntese -dijo, al fin-. Mi mujer, recordando los viejos tiempos, me ha pedido que le reciba con cordiali­
dad. No hay que decir que cuanto a ella le satisface, me complace a mí.
-Lo mismo digo -repuso Heathcliff-. Estaré con mucho gusto aquí una o dos horas.
Catalina no le quitaba la vista de encima, como si temiese que se desvaneciera-cuando dejara de contemplarle. Heathcliff sólo la miraba de vez en cuando y en sus ojos se pintaba el placer que le producía el volver a ver a su amiga. Estaban tan satisfechos, que ni siquiera les quedaba lugar para sentirse turbados. El señor Linton, al contrario, palidecía cada vez mas, y su enojo llegó al extremo cuando su mujer se puso en pie, cruzó la habitación, cogió las manos de Heathcliff y comenzó a reír.
-Mañana pensaré haber soñado -exclamó-. Me parecerá imposible haberte visto, tocado y oído otra vez.


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