Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.70
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La tarde oscurecía ya y la luna brillaba por encima de la tapia del corral pintando vagas sombras en los salientes de la fachada del edificio. Yo dejé el cesto en los peldaños de la escalera de la cocina y me pare un momento para aspirar el aire tranquilo y suave. Mientras miraba la luna, oí tras de mi una voz que preguntaba:
-Elena, ¿eres tú?
El acento profundo de aquella voz no me era desconocido del todo. Me volví para ver quien hablaba, algo desconcertada, ya que la puerta estaba cerrada y no había visto aproximarse a nadie a la escalera. En el portal distinguí una silueta. Acercándome, hallé un hombre alto y moreno, con un traje negro. Estaba apoyado en la puerta y tenía puesta la mano en el picaporte, como para abrir.
«¿Quién será? -pensé-. No es la voz del señor Earnshaw.»
-He pasado una hora esperando -me dijo-, quieto como un muerto. No me atrevía a entrar. ¿Es que no me conoces? ¡No soy un extraño para ti!
La luz de la luna iluminó sus facciones. Tenía las mejillas lívidas y negras patillas las adornaban. Sus cejas eran sombrías y sus ojos profundos, inconfundibles. Yo re cordaba muy bien la expresión de aquellos ojos.
-¡Oh! -exclamé, levantando las manos con sorpresa, y aún dudando de si debía considerarle como a un visitante corriente-. ¿Es posible que sea usted?
-Sí, soy Heathcliff -respondió dirigiendo la vista a las ventanas, en las que se reflejaba la luna, pero de las que no salía ninguna luz-. ¿Están en casa? ¿Está Catalina? ¿No te satisface verme, Elena? No te asustes. Ea, dime si ella está aquí. Necesito hablar a tu señora. Anúnciale que una persona de Gimmerton desea visitarla.
-No sé lo que le parecerá -dije-. Estoy asombra da. Esto le va a hacer perder la cabeza. Sí; usted es Heathcliff... ¡Pero qué cambiado está! Me parece imposible. ¿Ha sido usted soldado?
-¡Anda, anda! -me interrumpió impacientemente-. ¡Estoy que no vivo!
Entré, pero al llegar al salón donde estaban los señores me quedé parada sin saber qué decir. Al fin les
pregunté, como pretexto, si querían que encendiese la luz, y, sin es perar su respuesta, abrí la puerta.
Se hallaban junto a una ventana abierta desde la que se veían los árboles del jardín, las incultas frondas del parque, el valle de Gimmerton cubierto por la bruma.
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