Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.67
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Pero la pobre señora tuvo motivo para arrepentirse de su gentileza. Ella y su marido contrajeron la fiebre y fallecieron en pocos días.
La joven volvió a casa más violenta y más intratable que nunca. No habíamos vuelto a saber nada de Heathcliff. Un día en que ella me había hecho perder la paciencia, tuve la torpeza de acusarla de la desaparición del chico. Era verdad, como a ella le constaba, y mi acusación hizo que rompiera conmigo todo trato, excepto el preciso para las cosas de la casa. Ello duró varios meses. José cayó también en desgracia. No sabía callarse sus pensamientos y se obstinaba en seguir sermoneándola como si Catalina fuese una niña, cuando en realidad era una mujer hecha y derecha, y, además, nuestra ama. Para colmo, el médico había recomendado que no se la contrariase, y ella consideraba que cometíamos un delito cuando la contradecíamos en algo. No, trataba tampoco a su hermano ni a los amigos de su hermano. Hindley a quien Kenneth había hablado seriamente, procuraba dominar sus arrebatos y no excitar el mal temple de Catalina. Incluso se portaba con demasiada indulgencia, aunque, más que por afecto, lo hacía porque deseaba que ella honrase a la familia casándose con Linton. Le importaba muy poco que Catalina nos tratara a nosotros como a esclavos, siempre que a él le dejara en paz.
Eduardo se sintió tan entontecido como tantos otros lo han estado antes que él y lo seguirán estando en lo sucesivo, el día en que llevó al altar a Catalina, tres años des pués de la muerte de sus padres.
Hube de abandonar «Cumbres Borrascosas» para acompañar a Catalina. El pequeño Hareton tenía entonces cinco años, y yo había empezado a enseñarle a leer. La despedida fue muy triste. Pero las lágrimas de Catalina pesaban más que las nuestras. Al principio,, no quise marcharme con ella, y viendo que sus ruegos no me conmo vían, fue a quejarse a su novio y a su hermano. El primero me ofreció un magnífico sueldo y el segundo me ordenó que me largase, ya que no necesitaba mujeres en la casa, según dijo. De Hareton se haría cargo el párroco. Así que no tuve más remedio que obedecer. Dije al amo que lo que se proponía era alejar de su lado a todas las personas decentes para precipitarse más pronto en su catástrofe; besé al niño y salí.
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